
Dave Holland siempre ha sido uno de mis músicos favoritos. Admiro su extraordinaria capacidad para mantener altísimos niveles de creatividad a lo largo del tiempo, para estar siempre en vanguardia de las cosas y al mismo tiempo recordarnos que el presente del jazz no es entendible sin el enorme valor de su tradición. Su música destila siempre intensidad y emoción, y posee una riqueza melódica y rítmica difícil de encontrar en otras propuestas contemporáneas. Esta crónica se publicó en 1994 en Cuadernos de Jazz, y relata un encuentro que tuve con este gran músico en un hotel de Madrid con ocasión de uno de sus conciertos en la capital. Me recibió con esa elegante y cortés simpatía tan británicas, y la conversación resultó agradable e interesante. Tanto, que me ha parecido oportuno recuperarla en este espacio. Allá va:
Charlar con Dave Holland no es tarea difícil. Pese a los muchos años que lleva residiendo en Estados Unidos (vive en una zona próxima a Woodstock y entre sus vecinos se halla un buen puñado de músicos y artistas de primera fila), esa característica flema británica y una simpatía y educación exquisitas le convierten en un interlocutor afable y cooperador. Su presencia en la primera de las actuaciones programadas dentro del ciclo de conciertos de jazz patrocinado por la Fundación Caja de Madrid el pasado febrero sirvió, además de para permitirnos conversar un rato, de óptima tarjeta de presentación de su nuevo cuarteto, una formación de enorme potencial que sin duda evitará recordar con nostalgia el formidable quinteto de los 80 con Steve Coleman.
“Cuando se disolvió el grupo con Steve dediqué cerca de un año y medio a tocar como acompañante, me tomé un descanso en el liderazgo de una banda propia. Estuve entre otros con Pat Metheny, Jack DeJohnette y hace unos meses con Betty Carter” (última e inolvidable visita a España, en el mes de noviembre del pasado año). “Luego empecé a llamar a gente para formar un nuevo cuarteto, y éste es el resultado”. El nuevo grupo de Dave Holland es, sin duda, un engranaje compacto que, aunque en la fase inicial de rodaje (su concierto en Madrid fue el primero en Europa), apunta unas perspectivas de futuro esplendorosas: notable trabajo compositivo, un muy aceptable nivel de integración y, lo más importante de todo, una empatía y comprensión mutua entre sus miembros que garantiza estabilidad y trabajo serio. En sus mejores momentos, el cuarteto alcanza niveles de intensidad remarcables y nos deja con esa dulce sensación de que el jazz, pese a los peligros que le amenazan, sigue siendo una música viva y dispuesta a avanzar.
Lo primero que llama la atención es la presencia de un vibráfono. Los instrumentos de marcado contenido armónico, como el piano, no han figurado casi nunca en las preferencias del Holland organizador de grupos: “Es cierto, si te fijas casi nunca me ha gustado trabajar con piano en mis bandas, y sin embargo Steve Nelson fue la primera persona, el componente ideal en quien pensé para el nuevo cuarteto.” No tardamos mucho en descubrir por qué: Nelson es un instrumentista de excelentes facultades, con un impecable sentido del ritmo y un dominio de la paleta expresiva del vibráfono (que toca la mayor parte del tiempo con cuatro mazas) que asusta y nos hace pensar que los Bobby Hutcherson y compañía tienen en él a un heredero claro. Por otro lado, su función en el grupo asume un rol de enlace rítmico más acusado que sus funciones de soporte armónico, devolviendo así a este complejo instrumento su carácter más primario.
“Eric Person es un saxofonista que posee un estilo individual y un sonido propio, lo cual para mí es muy importante. Es un músico que sabe partir de la tradición para buscar construir algo nuevo, y ése es un aspecto fundamental que yo trato de alcanzar en mi música.” Aunque aún no del todo familiarizado con la complejidad de alguna de las composiciones de su líder, Person exhibió esa personalidad y un atractivo sentido de la construcción que puede convertirle en poco tiempo en un muy digno sucesor de Steve Coleman. “En cuanto a Gene Jackson, nuestra relación y amistad viene ya de atrás: nos conocemos desde que él tocaba con Kevin Eubanks”. Tal vez la principal virtud de este batería es hacerse notar solo cuando resulta necesario, apoyando el engranaje colectivo y a la vez mostrando poderío en sus ocasionales solos.
Con todo, el principal capital de este grupo (que prepara ya una grabación cuyo sello parece aún sin determinar) sigue siendo, lógicamente, ese talento inagotable del propio Dave Holland para componer, estructurar y resolver los múltiples dilemas que el desarrollo musical plantea, así como su soberbio dominio técnico del contrabajo, expresado en una digitación limpia y veloz, una afinación impecable y un hermoso sonido que apenas pudieron deslucir unas condiciones acústicas (las del Teatro Monumental) manifiestamente inapropiadas para el jazz. Se reafirma así el Holland estructurador de sonidos, aglutinador de direcciones y senderos: “En estos momentos me preocupa que sepamos crear una serie de formas rítmicas que desarrollen nuevos espacios de cara a la improvisación: Buscamos también una ampliación del campo armónico y, en suma, una extensión del lenguaje tradicional hasta el presente. En este sentido, creo que el grupo posee un sonido definido y propio”. Propio y coherente con un trabajo minucioso que se aprecia a cada instante y habla de la seriedad de un músico que siempre ha huido de lo que personalmente no le satisfacía. Es ése el motivo, por ejemplo, de que abandonase en su día el grupo de Miles Davis (que le llamó a su lado tras escucharle en Londres en 1968) justo cuando el trompetista empezaba a recobrar a principios de los 70 el favor del público con la nueva estética iniciada con In A Silent Way y Bitches Brew: “No me marché del grupo porque Miles se estuviera metiendo en el campo del rock, sino por el hecho de que llegó un momento en que ya no podía tocar el contrabajo acústico, sino el bajo eléctrico. Y yo no quería hacerlo”. Y si tenemos en cuenta que su siguiente proyecto fue la heterodoxia libre de Circle, esa decisión cobra aún mayor significado: “Circle supuso para mí el regreso a un tipo de música que hacía de Inglaterra antes de irme con Miles, cuando tocaba con gente como Evan Parker, John Surman o John McLaughlin”.
No mucho después de Circle llegó Conference Of The Birds, el disco que la crítica casi siempre ha señalado como la obra maestra del contrabajista. Le comento cómo, unos días antes del concierto, un amigo y yo habíamos estado escuchándolo y coincidíamos en que muy bien podía haber sido grabado hacía tan sólo unos pocos meses, tal es su vigencia y sentido de la intemporalidad (el mismo que casi siempre está presente en las mejores obras musicales). “Sí, es cierto. Yo creo que la clave en el buen resultado del disco, en su éxito, radica en que varios de los músicos allí presentes habíamos colaborados juntos en Circle y además por aquella época (mediados de los 70) tocábamos muy a menudo en el loft de Sam Rivers, por lo que existía un buen feeling entre todos que se trasladó a la música”. Un loft que sirvió de escenario a un buen número de experiencias renovadoras y excitantes durante una época especialmente difícil para el jazz, moderno o clásico, debido al imperio de la fusión y de los sonidos derivados del rock. Rivers, un influyente teórico y organizador de lo que hoy se conoce como post-free, fue junto a Anthony Braxton el líder a quien Holland dedicó la mayor parte de su trabajo en aquellos años, hasta el punto de simultanear su colaboración con uno y otro cuando ambos decidieron seguir por su cuenta. “Sam y Braxton son dos grandes músicos, pero cuando tocas mucho tiempo con alguien siempre surgen diferencias. Con Rivers todo es mucho más abierto, más libre, mientras que la música de Braxton es más estructural, y te ves más constreñido. Al final opté por centrarme en el grupo de Sam porque en aquel momento me apetecía más pertenecer a una formación que me hiciera sentirme más libre”.
Así estaban las cosas cuando en 1981, tras dejar a Rivers y aceptar varios contratos en solitario, una infección viral atacó gravemente su corazón, dañando una válvula y poniéndole al borde de la muerte. En aquellos momentos difíciles, un nutrido grupo de músicos le mostró su solidaridad actuando en homenaje y beneficio suyo, lo cual evidenció que su hombría de bien, su compañerismo y su talante eran apreciados por todos. Fue una experiencia dura, y ¿acaso decisiva en el rumbo que tomaría posteriormente su carrera? “Sí, es muy probable. La enfermedad, el verte tan cerca de morir, me hizo ver las cosas mucho más claro; te das cuenta de lo que realmente es la vida y de que debes aprovechar el tiempo para realizar tus ideas y proyectos”. Dave no tardó el llevar este sentimiento a la práctica: en 1983 creó el Dave Holland Quintet, una de las formaciones más genuinamente representativas del jazz de los 80. Además de servir de plataforma a músicos jóvenes del talento de un Steve Coleman, el quinteto resumía a la perfección la filosofía musical de su líder: ampliar el campo armónico, rítmico y estructural de la tradición del jazz, acercarlo a las nuevas premisas de esta música pero sin hacer tabula rasa con un pasado fecundo. Una filosofía que sin apenas modificaciones mantiene en la actualidad.
Los proyectos del grupo no han impedido que Holland haya mantenido vivo su interés (que se remonta cuando menos a la época de Circle) por actuar en solitario, con la sola compañía de su contrabajo o de su segundo instrumento, el cello.”Braxton fue el primero en sugerirme que tocase en solitario, así que empezamos haciendo dúos y luego a presentarme como solista.” Discos como Emerald Tears (1977) o Life Cycle (cello solo) demuestran hasta que punto su creatividad y lirismo (nunca ajeno a una inevitable influencia del folklore inglés) le convierten en un solista singular, y a ésta en una faceta que no nos importaría ver más a menudo asociada a su persona.
Éstas son algunas de las facetas más sobresalientes de un Dave Holland que afronta la década de los 90 con la solidez y certeza de un músico decidido a dar forma en el trabajo diario a ese eterno dilema siempre presente en los grandes momentos del Arte: la combinación de la libertad y un cierto sentido del control, de la estructura. Son los suyos pasos firmes, dignos de un músico ejemplar que supo construirse a sí mismo.