
Hubo un tiempo en que las notas de un disco se constituían, en la práctica, como las herramientas fundamentales de aprendizaje para los primerizos en esto del jazz. Obviamente me refiero a cuando no existían ni Internet ni los muchos inventos a ella asociados, y conseguir literatura jazzística era un esfuerzo poco menos que hercúleo. Bueno, siempre nos quedaba la radio… Y las liner notes. Escritos que ocupaban la contraportada de los LP’s firmados por tipos como Leonard Feather, Nat Hentoff, Ira Gitler… O por estos pagos, Alfredo Papo, Cifu y demás próceres del tema.
En las liner encontrabas buena parte de la información que saciaba tu irreprimible deseo de conocer: desde sucintos apuntes biográficos de los músicos participantes a una descripción rigurosa del material incluido en la sesión. Y si, como sucedía con frecuencia, aquellas notas aparecían en inglés, pues tú te las apañabas para intentar entenderlas como fuera. En más de una ocasión he sospechado que mi interés por la lengua de Shakespeare comenzó a cimentarse, precisamente, leyendo de adolescente aquellas notas que devoraba con pasión.
Lo más interesante era que a partir de aquellos textos, acompañados de la atenta escucha del disco, uno podía empezar a sacar muy buenas conclusiones y a enterarse mucho mejor de “qué iba aquello” del jazz, a desvelar sus misterios, que nos parecían poco menos que insondables. Y, gracias a la sana costumbre de aportar datos fundamentales de cada sesión (formación, lugar y fecha de grabación, ingeniero de sonido, etc), estábamos en disposición de ir estableciendo vínculos y conexiones entre artistas, épocas, repertorio y distintas formas de tocar. Toda una maravilla, un tesoro invaluable de la cultura jazzística.
Las liner siempre han ocupado un lugar especial dentro de la actividad de la crítica del jazz, y nos ha dejado un montón de estupendos ejemplos producto de la experiencia y conocimiento de quienes más las trabajaron (un buen recorrido por la trayectoria de estas gentes puede encontrarse en el libro Blowin’ Hot And Cool – Jazz And Its Critics, de John Gennari, editado por la Universidad de Chicago y disponible on line). Escribir unas buenas liner exige además un plus de disciplina y capacidad de concreción, desde el momento en que los textos deben ajustarse a un espacio a menudo reducido. La aparición del CD, con la posibilidad de incluir libretos y textos mucho más extensos, estimuló aun más su vigencia e interés. Quienes hemos trabajado en prensa escrita sabemos muy bien hasta que punto tener que circunscribirse a un espacio concreto supone un reto y aprendizaje muy valioso en el arte de escribir.
Con el tiempo, yo mismo comencé a escribir notas para ya un buen número de discos, algo que siempre me ha gustado mucho hacer. El método de trabajo es bastante claro: las escuchas que sean necesarias del material, tomar buenas notas y ser capaz de expresar las ideas apropiadas a esa escucha, además de recabar la información necesaria para el oyente. Y es verdad que a veces los músicos (Coltrane, por ejemplo) se mostraban y muestran reacios a estas pequeñas piezas de literatura jazzística, argumentando que no son necesarias, pues “la música habla por sí sola”. Eso es cierto, pero hay que entender también que, para mucha gente, han sido y son recursos muy importantes para conocer y saber más acerca del jazz y sus fascinantes entresijos. No todo el mundo es un experto. Desde ese punto de vista, las liner notes son un recurso excelente para ayudarnos a entender mejor lo que tenemos entre manos. El resto, claro está, tienes que ponerlo tú.