
Aunque la cultura de los lofts neoyorquinos suele asociarse en el jazz a las direcciones de vanguardia de los años 70, su tradición viene de mucho antes, y está sólidamente asociada a la cultura underground, en todas sus manifestaciones, de la Gran Manzana.
Los lofts eran en su mayoría antiguos almacenes abandonados, relativamente abundantes en algunas zonas de la ciudad. Dado que su estado de conservación no siempre era bueno, lo cual abarataba sustancialmente su precio de alquiler, y que realmente no estaban concebidos para ser viviendas pero en su mayoría eran amplios y podían ser utilizados como tales, se hicieron muy populares entre el mundillo artístico y la bohemia, ofreciendo a muchos la posiblidad de habilitarlos como espacios de uso mixto: creación individual o colectiva, ensayo, reunión, activismo y también vivienda y refugio.
Uno de los lofts más interesantes en lo que al jazz se refiere, allá a principios de los 50, es el que abrió el pianista y compositor Lennie Tristano en el East Side, entre la Primera y la Quinta Avenida, y que aparece admirablemente retratado en el libro Jazz Visions – Lennie Tristano And His Legacy, escrito por el contrabajista inglés Peter Ind, uno de los más estrechos colaboradores del genio de Chicago.
La idea de Tristano era convertir el viejo loft en un estudio de grabación y un lugar donde poder dar clases y reunir a los músicos para tocar. Los Van Gelder, Rudy y su hermano, echaron una mano con el equipo y la rehabilitación del espacio. Lennie decidió comprar un Steinway que por algún motivo no le convencía demasiado y pidió que cambiaran por otro. La disposición del local era bastante simple: había dos partes separadas por paneles plegables de insonorización: una sala de control para grabaciones y otra para tocar, amén de una mini-cocina donde siempre silbaba la cafetera. Para sentarse había un sofá y alrededor de una docena de sillas plegables.
Las directrices de Tristano durante las clases estaban lejos de ser autoritarias o rígidas: se dirigía a sus compañeros con firmeza pero sin levantar la voz, contribuyendo a que el ambiente fuera casi siempre relajado y agradable. Por lo demás, las quedadas para tocar solían ser los miércoles y los sábados, siempre y cuando Tristano no tuvera bolos fuera de Nueva York, y solían extenderse buena parte del día, a veces incluso durante más de 12 horas, desde las 9 de la noche hasta el amanecer del día siguiente o más. Normalmente a estas jams espontáneas se acudía por invitación, y o bien Lennie sugería quién o quiénes iban o tocar o esto se determinaba de forma espontánea. Y además de tocar, se hacían pausas para descansar un rato o charlar, y no solamente de temas musicales.
Normalmente había un “núcleo duro” de músicos que formaban la base fundamental de las sesiones: Warne Marsh, Lee Konitz, Willy Dennis, Don Ferrara, Billy Bauer, Al Levitt, Sal Mosca, Phyllis Pinkerton, el propio Ind… La mayoría estrechos colaboradores del pianista. Pero también se pasaron por allí otros muchos músicos, como Charles Mingus (que llevó a cabo en 1952 en el estudio una grabación que sería editada por su sello Debut), Paul Bley, Stan Getz, Sheila Jordan, Max Roach, Roy Haynes… O el mismísimo Bird, que se dejó caer por allí en más de una ocasión. Una de las visitas más ilustres fue la de Leonard Bernstein, gran admirador de la música de Lennie Tristano, y tampoco era infrecuente encontrarse a escritores o gentes de la bohemia urbana de la ciudad.
El pianista rendiría homenaje a aquel singular local dedicándole una de sus composiciones, 317 East 32nd St. Muchos de los testimonios allí registrados verían la luz mucho después cuando Mosaic editó en 2021 la colección definitiva de grabaciones personales de Tristano. Recuerdo vivo de un espacio donde el jazz se encarnó en comunidad, aprendizaje y puro placer de crear música en buena compañía.