
The Sound Of Sonny
– ¿Otra vez ese disco de gallina turuleta? ¡Qué tortura china!
Bueno, lo cierto es que a mi madre no le gustaba demasiado Sonny Rollins, o tal vez cierto Sonny Rollins. El amable comentario, con primoroso homenaje a nuestros inolvidables Payasos de la Tele y su -ese sí- rocoso saxofonista Gaby Aragón, me lo espetó mientras escuchaba East Broadway Run Down, uno de esos Impulse de doble carpeta sobre los que los jazzeros nos avalanzábamos a campana herida en las tiendas allá a mediados de los 70, cuando no existían ni Internet ni el espotieso ni nada por el estilo: pillabas lo que podías, y donde podías. Y, por fortuna, tipos como Rollins o Coltrane, pesos pesados de la discográfica, poseían buen número de referencias disponibles para los aficionados españolitos. Ahí estaban, sin más, Sonny Rollins On Impulse (con un Green Dolphin Street suntuoso y estirado como un chicle de sabor intenso y permanente) o la banda sonora de Alfie, que de tanto escucharla casi llegué a sabérmela de memoria, como la tabla de multiplicar.
En East Broadway Run Down, Sonny protagoniza un hecho insólito: en un determinado momento, arranca la boquilla de su saxo y empieza a soplar a través de ella, generando eso que -a falta de haber encontrado mejor calificativo- mi señora mamá describía como gallina turuleta. Queda por saber si lo de Sonny fue un impulso provocado por el deseo de experimentar, o una simple ocurrencia del momento, o ambas cosas a la vez. Por entonces, mediados de los 60, se encontraba en una nueva y fascinante fase de su carrera, que abundó en idas y venidas, silencios y sonoros regresos, paseos bajo el puente saxo en ristre… Era un Sonny de sonoridad de ida y vuelta, abigarrada y dulce a un tiempo, como una masa de pan moldeada con manos sabias pero algo dubitativas, como los brochazos que adornan la portada del que fue su último album de estudio antes de sumergirse en uno de sus característicos mutis de escena durante unos años más.
Claro que a la mía mamma -a mi padre ni le menciono, ya que para él Ben Webster era el único saxofonista merecedor de tal nombre sobre la tierra, y Sonny o Trane, unos miserables instrumentistas de mierda (sic)- le hubiera gustado más, o desagradado bastante menos, el Sonny de Saxophone Colossus, disco al que por desgracia tardé en acceder más tiempo del deseado hasta que lo pillé en alguna tienda de por ahí. Brioso se dirigió entonces a la aguja el sublime y evocador Blue Seven, ese blues mágico que es un rotundo ejemplo de que en el jazz lo que cuenta no es lo que tocas, sino cómo lo tocas. E incluso me atrevo a decir que hubiera ella movido un poco la cadera escuchando St Thomas, o disfrutado de la sublime dulzura de You Don’t Know What Love Is, y aún diría más: se hubiera improvisado un cantecito sobre la melodía de Mack The Knife, una de esas canciones que parece conocer todo el mundo. Bingo.
No, por entonces a las discografías casi nunca podías acceder de forma ordenadita y cronológica: un día ibas a Galerías Preciados o a Simago y ahí veías, oculto entre otras docenas de ellos de múltiple procedencia -desde la orquesta de James Last a La Polaca o Creedence Clearwater Revival- un cassete de jazz de Ellington, Armstrong o Benny Goodman que, por un módico precio, te llevabas al hogar sin tener una referencia muy clara de qué material incluía, y poco más. Gestionar una discoteca bien formada y completa era una labor de años, y en el caso de Sonny, mi experiencia fue singularmente característica: del Sonny sesentero persiguiendo a su propio fantasma al de sonido imperial de los Prestige de mediados de los 50, volviendo de nuevo al reinventado de los 70 y 80, cuando su sonoridad se hizo más gruesa, bronca y vibrante, para regresar de nuevo al Sonny casi barbilampiño de sus comienzos con Miles y Monk, y de ahí otra vez al presente… Y ¿sabes? En todos ellos, con independencia de cuándo fuera grabado, siempre me encuentro al mismo Sonny, el tipo de bondad socarrona y voz característica, el coloso en llamas, el buscador incansable de sonidos, el hacedor de prodigios, generoso en el discurso y en el derroche de ideas sobre el escenario y en el estudio.
No miento si digo que pensé que Sonny Rollins no se marcharía nunca, como aún estoy convencido de que los Stones jamás se disolverán. Hay verdades que parecen eternas, o al menos nos gustaría que así fuera. Y ahora permitidme que os deje porque voy una vez más a regalare a mis oídos Blue Seven o cualquiera de las muchas maravillas con las que nos conmovió este ser maravilloso al que solo una cosa de nombre tan feo como fibrosis pudo poner fuera de combate, pero al que amaremos y llevaremos pegado al corazón más allá del tiempo. The Sound Of Sonny.