Lester

Dennis Stock

Escrito en 2001 para Jazz Gazette

«A cada uno lo suyo”. Era una de las frases favoritas de Lester, Lester Young, el hombre de la triste figura cuyo corazón se rompió pero que siempre tenía un chiste para todos, el tipo que se tomó la molestia de reinventar el jazz sin quererlo allá por los años en blanco y negro, el contador de historias sin destino, el Presidente sin ínsula. Lester.

A cada uno lo suyo, y a mí que me den mi sonido. Para la historia del jazz nos ha quedado el Lester símbolo de individualidad, el saxofonista que encarnó otra manera de tocar diferente a la de Coleman Hawkins sin levantar demasiado humo: simplemente siendo él mismo, como no podía ser de otra manera. Cuando la los sopladores jóvenes soñaban con emular el tono grave y heroico del gran maestro, Lester parecía preferir la ligereza de Frankie Trumbauer y las cadencias apaciguadas. De poco valieron los esfuerzos de la esposa de uno de sus primeros grandes líderes, Fletcher Henderson por convertirle a la religión hawkinsiana: Lester soltaba lo de “a cada uno lo suyo” y se embarcaba en un fascinante viaje por los parajes de sí mismo. Bean es Bean, yo soy yo. Y punto.

Con el tiempo, la significación de Lester Young entre los grandes maestros del jazz ha ido ganando peso. Hace ya bastante que no sólo se habla de él como uno de los grandes del tenor moderno –cuya influencia, como es bien sabido, se extiende a toda una generación de saxofonistas que comenzaron a tocar en los años 40 y 50, y sin duda merece equiparase a la del propio Hawkins o a la de Charlie Parker-, sino también como uno de los creadores de la estética de ese mismo jazz moderno. Hoy día se analizan sus solos y se siguen descubriendo hallazgos armónicos, improvisatorios y rítmicos tan anticipados a su época que sólo puede uno explicárselos concluyendo que era su tiempo el que, definitivamente, se encontraba mucho más atrás que él. En años recientes, la recuperación de una cierta línea de saxofonismo directamente entroncada con Lester a través de Stan Getz u otros tenores cool de los 50 ha vuelto a poner en candelero su radical modernidad, la vigencia esplendorosa de su figura. Lester no envejece nunca, aunque el jazz parezca peinar a veces más que canas.

Woodville, en el estado de Mississippi, no hubiera nunca pasado a la historia sino fuera porque Lester Young nació allí un día de agosto de 1909. Sus primeros años los pasó tocando en formaciones de puro estilo Kansas City, como los Blue Devils de Walter Page (1932-33) o la orquesta de Bennie Moten (1933-34), de cuyas cenizas surgiría inmediatamente una de las más grandes big bands de la historia: la de Count Basie. Lester envió una carta (“extraña y ansiosa”, en palabras del propio pianista) a Basie rogándole que le incorporase a la orquesta, con la que realizó varias jams exitosas antes de ser contratado por otro de los grandes del momento, Fletcher Henderson. Ahí comenzó Lester a ganarse su fama de tipo especial y comenzó a tener que pelear (qué calamidad) por defender algo tan simple como su propio sonido, una manera propia de ver las cosas. Por entonces ya había iniciado su amistad con Billie Holiday, con la que grabaría en su día un puñado de maravillosos cortes que pasarán a la historia del jazz como uno de los ejemplos más acabados de fusión de almas en la música, pese a que el propio Lester describiera aquel glorioso encuentro musical en términos desmitificadores “… Billie me consiguió unos bolos en los que tocaba detrás de ella, haciendo unos solitos, y eso”.

Lester se hartó de que le pidieran tocar como otro y volvió con Basie a finales de los 30. La orquesta se hallaba entonces en uno de sus momentos más extraordinarios, y la cuerda de saxos liderada por Young y Herschel Evans echó chispas en el período 36-39 en fraternal confrontación que sólo concluyo con la muerte de este último. Una desgracia que puso fin a muchas cosas, incluida la propia pertenencia de Lester a la banda: deprimido por la desaparición de su amigo –que nunca antagonista-, el agobio de trabajo y el deseo de buscar un camino propio, Young se marchó en 1940 para trabajar como freelance y codirigir un grupo con su hermano Lee. El bebop estaba llamando a las puertas con su urgencia característica, y la gente empezaba a hablar de un tal Charlie Parker de Kansas que venía dando guerra. Lester se asomó a la nueva estética con la naturalidad de quien reconoce mucho de lo nuevo como suyo, y sin ser nunca propiamente un bebopper es muy difícil entender en su totalidad este movimiento (y no sólo en lo musical) sin atender a su figura. Por entonces ya había puesto de moda también el inconfundible pork-pie hat (un sombrero plano al que Charles Mingus dedicaría una de sus mejores composiciones años después) y esa forma característica de coger el saxo desde los tiempos del banco de orquesta, hermosamente torcido como en escorzo acariciante.

En 1943 Lester volvió con Basie, con el que tocó durante casi un año. Acababa de participar en la película Jammin’ The Blues (nominada para un premio de la Academia al año siguiente de su estreno), cuando una noche al salir del trabajo se encontró con una orden de reclutamiento. Así comenzó lo que en sus palabras fue “una pesadilla, una pesadilla de locura… Me enviaron a Georgia –uno de los estados más racistas del Sur-, lo cual fue suficiente para volverme tarumba”. Incapaz de adaptarse a una vida marcada por la disciplina más dura y el racismo más cruel, Lester se derrumbó y terminó en un centro disciplinario. Cuando logró salir de allí en 1945, su mente y su alma habían sufrido daños irreparables. Dicen que desde entonces no volvería nunca a ser el mismo, y que aquel horrible calvario militar que atacó directamente a su espíritu sensible, dulce y pacífico marcó el inicio de un descenso particular a los infiernos.

Claro que a su regreso Prez seguía siendo una estrella, y los sucesivos contratos con Verve y Norman Granz para Jazz At The Philarmonic le devolvieron a primera página de actualidad en plena explosión del bop. Su salud se había resentido y las visitas al hospital empezaron a hacerse frecuentes, lo cual terminó afectando a su manera de tocar, que se hizo más suelta y relajada que nunca. Señalaba no obstante Jo Jones, batería y compañero desde los tiempos de Basie: “Dicen que Lester ya no es lo que era, pero cuando escuchan el disco que grabamos en el 56 con Roy Eldridge y Teddy Wilson exclaman: ¡guau! Esto es diferente… Yo creo que se trata de una cuestión de compatibilidad.”

Compatibilidad. Una palabra interesante para describir el carácter musical de Lester Young. Siempre feliz entre sus amigos (con los que nunca dejaba de bromear y a los que gustaba poner motes en línea con su extravagante jerga, sólo comprensible para él), su música siempre parece buscar el abrazo, el encuentro. Lester es un individualista con los otros, un hombre que compartía su mundo con quienes querían escucharle y se entregaba con generosidad a la aventura de crear juntos.

Su trayectoria en los últimos años corrió similar a la de Billie Holiday: una decadencia física que convirtió su talento musical en un reflejo –a veces patético, pero siempre digno, ¿eh?- de las glorias pasadas. A su colega Buddy Tate le confesó una vez en Newport que “son mis imitadores los que se están llevando la pasta” en un acceso de amargura que choca incluso en un tipo que, dicen, llegaba a cantar frases como “préstame 5 dólares” con su saxo durante un solo. En 1958, poco menos de un año antes de abandonar este mundo, Lester cumplía un contrato en el Blue Note cuando recibió una propuesta de Gil Evans para grabar un disco, que sin duda hubiera constituido uno de los más grandes testamentos musicales de la historia del jazz. “Quería hacer el disco –recordó en su día Evans-, pero en realidad de lo que tenía más ganas era de morirse. Tiempo después se marchó de su casa en Long Island y decidió quedarse en el Hotel Alvin, cerca del Birdland. No comía nada. Luego se fue a Paris y a la vuelta se metió en su habitación y le dio un ataque al corazón”. Así se pararon para siempre los latidos cadenciosos pero firmes de Lester Young, y su saxo tenor dulce y poderoso a un tiempo calló para siempre, al menos en el mundo de los vivos.

Su obra discográfica se encuentra bien documentada y ha sido objeto de numerosas antologías, la mayoría centradas en el período 1936-44, cuando grabó las históricas sesiones con Basie, Billie Holiday o al frente de sus propios grupos. Sus albums para la Verve en los 50 contienen –pese a los evidentes problemas que Prez sufría– momentos maravillosos como en Pres And Sweets (1955), Pres And Teddy (1956) o Laughlin’ To Keep from Cryin’ (1958: “Reír para no llorar”, un título de característica ironía que se convierte en sobrecogedora si tenemos en cuenta que se grabó poco antes de su muerte).

En todos ellos, con independencia de cualesquiera que fueran las circunstancias físicas o personales en las que Prez se encontrase, su personalidad estaba presente en cada nota, en cada aliento y en cada frase. Como sucedía una vez más con Billie Holiday, Lester convirtió sus debilidades en homenajes conmovedores a la pureza de expresión. Su feeling era tan impresionante que a menudo lo de menos es si la fluidez de ideas o su increíble inventiva parecían retirarse y dar paso al uso creciente de clichés propios, de reinterpretaciones de sí mismo. Uno se pregunta hasta dónde hubiera sido capaz de llegar Lester Young si en su camino no se hubiera cruzado toda la miseria y mierda humana, sino le hubieran convertido en un hombre abatido por el sufrimiento y el horror. Y tal vez la respuesta, lejos de habitar en el laberinto de lo desconocido o de las conjeturas, se halle flotando en las líneas cimbreantes, maravillosas y esplendorosas que se van encadenando como por arte de magia pura en su relectura de These Foolish Things, el tema del que se apropió un día para convertirlo en un himno perenne a la belleza que atesoraba su corazón y su talento. A cada uno lo suyo, y a Lester Young, Mr President, Prez, la gloria que corresponde a los héroes sencillos.

Publicado por elcallejondeljazz

(Gijón, 1962) Comencé a interesarme por el jazz a los 13 años. En 1981 me uní a la Asociación de Amigos del Jazz de Valladolid, colaborando en las tareas organizativas del Festival internacional de Jazz y otras actividades como emisiones radiofónicas, charlas de divulgación, publicaciones... A finales de los 80 me incorporé al plantel de colaboradores de El Norte de Castilla como cronista de jazz, publicando regularmente artículos, reseñas y crónicas en el suplemento Artes y Letras, dirigido por Francisco Barrasa. En el otoño de 1990 entré a formar parte del equipo -primero como colaborador y más tarde como redactor- de la revista Cuadernos de Jazz, dirigida por Raúl Mao. A finales de los 90 escribí también para El Mundo -Diario de Valladolid y el bimensual Más Jazz, dirigido por Javier de Cambra. ​En febrero de 1991 me convertí en programador de conciertos del Café España de Valladolid, tarea que desempeñé hasta su cierre en 2009, participando en la realización de más de un millar de conciertos durante el período. ​En 1994 me incorporé al jurado del Concurso de grupos del Festival Internacional de Jazz de Getxo, tarea que he venido desarrollando hasta la fecha. He participado también en la organización de varios ciclos y eventos jazzísticos, como los festivales de Burgos, Palencia, Ezcaray, FACYL de Salamanca, el festival Ahora de músicas creativas de Palencia, el ciclo Son del Mundo de Caja de Burgos o la Red Café Música de Castilla y León. ​Entre 1996 y 99 trabajé como road manager para la agencia Jazz Productions de Barcelona, participando en giras con, entre otros artistas, Johnny Griffin, Kenny Barron, Abbey Lincoln, Phil Woods, Mulgrew Miller, Steve Lacy, Diane Reeves o Jesse Davis. ​Desde 2010 coordino la programación cultural del Café del Teatro Zorrilla de Valladolid, tarea que compaginé durante cinco años con la presentación del ciclo de conciertos Ondas de Jazz de Vitoria, dirigido por Joseba Cabezas. Soy cofundador de la asociación Cifujazz, destinada al mantenimiento del legado de Juan Claudio Cifuentes. Realizo también el podcast radiofónico Dial Jazz.