
En pleno calor de la Guerra Fría tuvo lugar uno de los episodios más recordados de la a menudo borrosa relación entre el jazz y la política oficial: el gobierno americano propuso a la orquesta de Dizzy Gillespie como representante de Estados Unidos en una gira que habría de recorrer varios países de Europa y Oriente Medio la primavera de 1956. Fue el primer grupo de jazz elegido para tal menester, y a su condición de banda puntera se unía el hecho significativo de incluir un elenco artístico racialmente integrado.
La decisión no fue pese a todo unánimemente bien recibida, suscitando críticas tanto por la dotación presupuestaria destinada a la realización de la gira (alrededor de 90 mil dólares) como por el hecho mismo de ser un grupo de jazz -música vista por algunos como poco más que un mondongo ruidoso- el elegido para representar a la cultura americana con mayúsculas.
Pese a todo, el proyecto siguió adelante, y Gillespie la asumió como un honor, a pesar de dejar muy claro que en ningun caso estaba dispuesto a blanquear, nunca mejor dicho, las políticas de discriminación racial aún plenamente vigentes en Estados Unidos. Por lo demás, se acordó también que el reconocido crítico Marshall Stearns acompañara a la orquesta para realizar charlas de divulgación complementarias.
En líneas generales, la acogida del público en los distintos países que visitó la gira fue bastante entusiasta, generando momentos inolvidables pero también algunos particularmente lamentables, como los generadas en torno a la presencia de la única mujer en la orquesta, su trombonista y arreglista Melba Liston, un hecho que resultaba poco habitual en algunas culturas poco dadas al empoderamiento femenino entre las zonas visitadas, como sucedió en Siria, donde Melba tuvo que soportar abucheos de un sector del público.
En algunos lugares, como en Turquía, la respuesta de la audiencia llegó casi al paroxismo, aunque Dizzy tuvo que plantarse en algun momento y amenazar con no salir a escena si no se permitía entrar al concierto a miembros de una etnia minoritaria retenidos en la puerta. Pakistán fue otro de los momentos álgidos del viaje, a pesar de la competencia horaria con varios grandes eventos locales. En Grecia la gira hubo de hacer frente a manifestaciones anti-americanas y la competencia hostil de grupos culturales rusos, y en Yugoslavia, único país del bloque comunista que mantuvo su independencia frente al dominio soviético, la federación de jazz local apoyó el evento, que recibió una vez más una entusiasta acogida de los aficionados.
Cuando la gira llegó a su fin, se había cumplido con creces el objetivo de dar a conocer el jazz como genuina muestra de la riqueza cultural norteamericana, contribuyendo a su creciente carácter de música global,. Tanto fue así que el Departamento de Estado decidió enviar otra vez de gira a la orquesta, en esta ocasión por tierras de Latinoamérica, visitando Ecuador y Uruguay. A su regreso a casa, el grupo fue recibido por el Presidente Eisenhower en la Casa Blanca, imponiéndoseles a todos sus miembros condecoraciones en reconocimiento a su labor. El jazz había demostrado ser un arma eficaz en los episodio de la confrontación cultural entre los dos grandes bloques, lo cual persuadió al gobierno americano a continuar auspiciando la realización de nuevas iniciativas de este tipo, a pesar de que las críticas nunca cesaron. Pero, por encima de todo, la principal contribución que nos queda de aquella inolvidable gira es verificar sin la menor de las dudas que el jazz podía ser apreciado mucho más allá de sus fronteras de nacimiento, y convertirse en un lenguaje musical global, poderoso y transversal.