El arte de las baladas

Teddy Wilson & Ben Webster TV recording Copenhagen 1969

Hubo un tiempo en que todo disco de jazz que se preciara debía contar, cuando menos, con un par de baladas decentes en su repertorio. Sumándole un blues arrastrao o a tempo animadito y algún standard de los de siempre u original resultón, ya lo tenías. A mí las baladas me llamaban en mis comienzos jazzeros mucho la atención: suponían un remanso de dulzura al que era difícil sustraerse. Y guardo bien en la memoria, tan díscola últimamente para otros menesteres más mundanos, alguna de las primeras que escuché por aquellos días: Cannonball sentado en el parque y contemplando las estrellas caer sobre Alabama, Johnny Hodges cantándole lindezas a las flores, Ben Webster dibujando a mano alzada una atmósfera para amantes y ladrones, Miles reconociendo que aquello nunca se le pasó por la cabeza, Lester y esas tonterías cotidianas… Toda una colección de pequeñas maravillas de aroma romántico y piel delicada que me gustaba escuchar una y otra vez, entre los latigazos acelerados de Coltrane, Dizzy o Bird.

Uno puede dejarse llevar por la tentación de creer que, por el hecho de deslizarse a paso lento y dejar poco espacio a las florituras o exhibicionismos técnicos, las baladas resultan mucho más sencillas de tocar que los desbocados uptempos del bebop, por ejemplo. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que tocar bien una balada exige al intérprete un tipo de destreza que no tiene que ver tanto con la mecánica sino con otros valores, a menudo no tan obvios como el de sacar el arma y disparar rápido. En las baladas hay que dejarse el alma, pintar aromas, exhalar colores… eso que antaño se conocía como tocar con pleno sentimiento. No es necesario recordar que un montón de ellas fueron concebidas para contar historias de amor y romance, algo así como para ser cantadas al oído de un ser querido. Ben Webster, que de esto sabía bastante más de un poco, y que era capaz de pasar en un periquete de morder la boquilla en intensos y rápidos paisajes urbanos ellingtonianos a susurrar hermosas melodías envueltas en vibrato y preñadas de erotismo, lo explicaba muy bien: las baladas hay que tocarlas como si quisieras confesarle tu amor a esa belleza sentada en la primera fila… con la ternura y deseo del enamorado, vamos.

¿Y el tempo? Desde luego cabalgar a ciento y pico negras por minuto no es nada fácil, pero darle una balada su tempo justo, y mantenello, no es precisamente labor sencilla. No es nada improbable que ese tempo sostenido con fragilidad, como Pinito del Oro en el trapecio, se nos pueda caer, y acabemos pidiendo la hora. Es admirable escuchar una y otra vez, por ejemplo, a Shirley Horn, la reina de la pausa, deslizarse por una canción tan despaciosamente que parece casi imposible que no se acabe deteniendo como un tren herido: cada nota, cada frase, se mueve con una premura dolorosa, y certera.

Sí, hubo un tiempo en que tocar una balada, y hacerlo como mandan los cánones, era una prueba de fuego para cualquier solista en circunstancia de merecer. Si podías tocarlas, es que dentro de ti había un yo romántico y sensible, ansioso o henchido de amores. Y quiero pensar que aún sigue siendo así, que tenemos que ser capaces de demostrar que, además de en lustrosas e intrincadas secuencias de acordes, podemos también pensar en historias dulces y evocadoras e intentar contarlas sin prisa, pero con emoción. Enhebrando el hilo como el tejedor de sueños al que invocaba Coltrane, o poniéndole a ello todo el cuerpo y alma, sin trampa ni cartón.

Publicado por elcallejondeljazz

(Gijón, 1962) Comencé a interesarme por el jazz a los 13 años. En 1981 me uní a la Asociación de Amigos del Jazz de Valladolid, colaborando en las tareas organizativas del Festival internacional de Jazz y otras actividades como emisiones radiofónicas, charlas de divulgación, publicaciones... A finales de los 80 me incorporé al plantel de colaboradores de El Norte de Castilla como cronista de jazz, publicando regularmente artículos, reseñas y crónicas en el suplemento Artes y Letras, dirigido por Francisco Barrasa. En el otoño de 1990 entré a formar parte del equipo -primero como colaborador y más tarde como redactor- de la revista Cuadernos de Jazz, dirigida por Raúl Mao. A finales de los 90 escribí también para El Mundo -Diario de Valladolid y el bimensual Más Jazz, dirigido por Javier de Cambra. ​En febrero de 1991 me convertí en programador de conciertos del Café España de Valladolid, tarea que desempeñé hasta su cierre en 2009, participando en la realización de más de un millar de conciertos durante el período. ​En 1994 me incorporé al jurado del Concurso de grupos del Festival Internacional de Jazz de Getxo, tarea que he venido desarrollando hasta la fecha. He participado también en la organización de varios ciclos y eventos jazzísticos, como los festivales de Burgos, Palencia, Ezcaray, FACYL de Salamanca, el festival Ahora de músicas creativas de Palencia, el ciclo Son del Mundo de Caja de Burgos o la Red Café Música de Castilla y León. ​Entre 1996 y 99 trabajé como road manager para la agencia Jazz Productions de Barcelona, participando en giras con, entre otros artistas, Johnny Griffin, Kenny Barron, Abbey Lincoln, Phil Woods, Mulgrew Miller, Steve Lacy, Diane Reeves o Jesse Davis. ​Desde 2010 coordino la programación cultural del Café del Teatro Zorrilla de Valladolid, tarea que compaginé durante cinco años con la presentación del ciclo de conciertos Ondas de Jazz de Vitoria, dirigido por Joseba Cabezas. Soy cofundador de la asociación Cifujazz, destinada al mantenimiento del legado de Juan Claudio Cifuentes. Realizo también el podcast radiofónico Dial Jazz.

2 comentarios sobre “El arte de las baladas

  1. Gracias por tu artículo , querido Mario.
    Estoy de acuerdo contigo y recuerdo una anécdota en una noche maravillosa en el club de jazz Filloa, en A Coruña.
    Después de un concierto memorable, algunos de los músicos continuaron tocando en el Filloa hasta altas horas de la madrugada. Algunos tuvimos la suerte de pasar allí aquella noche. Pedí a Brandford Marsalis que tocara My funny Valentine y me dijo: “para tocar una balada, bien tocada, hay que saber mucho , son muy difíciles y ahora es muy tarde “ y siguió tocando con sus colegas lo que les apeteció.
    Otro músico me dijo en una ocasión que para tocar una balada había que saberse la letra para tocarla con sentimiento, que no era solo cuestión de partitura.
    Sea como sea el asunto de las baladas, comparto contigo el amor por una buena balada que despierte mi romanticismo y mi nostalgia. Palabra de gallega!
    Flor

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