
Hubo un tiempo en que todo disco de jazz que se preciara debía contar, cuando menos, con un par de baladas decentes en su repertorio. Sumándole un blues arrastrao o a tempo animadito y algún standard de los de siempre u original resultón, ya lo tenías. A mí las baladas me llamaban en mis comienzos jazzeros mucho la atención: suponían un remanso de dulzura al que era difícil sustraerse. Y guardo bien en la memoria, tan díscola últimamente para otros menesteres más mundanos, alguna de las primeras que escuché por aquellos días: Cannonball sentado en el parque y contemplando las estrellas caer sobre Alabama, Johnny Hodges cantándole lindezas a las flores, Ben Webster dibujando a mano alzada una atmósfera para amantes y ladrones, Miles reconociendo que aquello nunca se le pasó por la cabeza, Lester y esas tonterías cotidianas… Toda una colección de pequeñas maravillas de aroma romántico y piel delicada que me gustaba escuchar una y otra vez, entre los latigazos acelerados de Coltrane, Dizzy o Bird.
Uno puede dejarse llevar por la tentación de creer que, por el hecho de deslizarse a paso lento y dejar poco espacio a las florituras o exhibicionismos técnicos, las baladas resultan mucho más sencillas de tocar que los desbocados uptempos del bebop, por ejemplo. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que tocar bien una balada exige al intérprete un tipo de destreza que no tiene que ver tanto con la mecánica sino con otros valores, a menudo no tan obvios como el de sacar el arma y disparar rápido. En las baladas hay que dejarse el alma, pintar aromas, exhalar colores… eso que antaño se conocía como tocar con pleno sentimiento. No es necesario recordar que un montón de ellas fueron concebidas para contar historias de amor y romance, algo así como para ser cantadas al oído de un ser querido. Ben Webster, que de esto sabía bastante más de un poco, y que era capaz de pasar en un periquete de morder la boquilla en intensos y rápidos paisajes urbanos ellingtonianos a susurrar hermosas melodías envueltas en vibrato y preñadas de erotismo, lo explicaba muy bien: las baladas hay que tocarlas como si quisieras confesarle tu amor a esa belleza sentada en la primera fila… con la ternura y deseo del enamorado, vamos.
¿Y el tempo? Desde luego cabalgar a ciento y pico negras por minuto no es nada fácil, pero darle una balada su tempo justo, y mantenello, no es precisamente labor sencilla. No es nada improbable que ese tempo sostenido con fragilidad, como Pinito del Oro en el trapecio, se nos pueda caer, y acabemos pidiendo la hora. Es admirable escuchar una y otra vez, por ejemplo, a Shirley Horn, la reina de la pausa, deslizarse por una canción tan despaciosamente que parece casi imposible que no se acabe deteniendo como un tren herido: cada nota, cada frase, se mueve con una premura dolorosa, y certera.
Sí, hubo un tiempo en que tocar una balada, y hacerlo como mandan los cánones, era una prueba de fuego para cualquier solista en circunstancia de merecer. Si podías tocarlas, es que dentro de ti había un yo romántico y sensible, ansioso o henchido de amores. Y quiero pensar que aún sigue siendo así, que tenemos que ser capaces de demostrar que, además de en lustrosas e intrincadas secuencias de acordes, podemos también pensar en historias dulces y evocadoras e intentar contarlas sin prisa, pero con emoción. Enhebrando el hilo como el tejedor de sueños al que invocaba Coltrane, o poniéndole a ello todo el cuerpo y alma, sin trampa ni cartón.
Gracias por tu artículo , querido Mario.
Estoy de acuerdo contigo y recuerdo una anécdota en una noche maravillosa en el club de jazz Filloa, en A Coruña.
Después de un concierto memorable, algunos de los músicos continuaron tocando en el Filloa hasta altas horas de la madrugada. Algunos tuvimos la suerte de pasar allí aquella noche. Pedí a Brandford Marsalis que tocara My funny Valentine y me dijo: “para tocar una balada, bien tocada, hay que saber mucho , son muy difíciles y ahora es muy tarde “ y siguió tocando con sus colegas lo que les apeteció.
Otro músico me dijo en una ocasión que para tocar una balada había que saberse la letra para tocarla con sentimiento, que no era solo cuestión de partitura.
Sea como sea el asunto de las baladas, comparto contigo el amor por una buena balada que despierte mi romanticismo y mi nostalgia. Palabra de gallega!
Flor
Como ves, querida Flor, la balada es en efecto un arte nada fácil, ambos están en lo cierto… Tal vez sea por eso que cada vez parece que se tocan menos…