
Hace algunos años, durante un concierto del cuarteto de Wayne Shorter en el festival de Getxo y en mitad de aquella brisa de música fascinante y densa, un tipo que se sentaba a mi lado se me acercó al oído y dijo:
– El público no está preparado para esta música.
Me quedé bloqueado durante un instante, como si me hubiera caído una caca de pájaro en la cabeza y sin poder decir palabra. ¿Preparado? ¿Qué significa eso? ¿Es que para sentirse movido por aquella música había que haber pasado un curso de iniciación o pertenecer a un selecto grupo de expertos?… Y yo que pensaba, ingenuo de mí, que la experiencia de la escucha era otra cosa, mucho más básica y directa… Le eché un vistazo de reojo, y pude notar su sonrisa de auto complacencia. Él sí estaba preparado, claro.
Al final de la noche el puñetero comentario aún me daba vueltas en la cocorota. ¿Qué había querido decir realmente aquel sujeto? Recuerdo perfectamente mis inicios en el jazz: no entendía casi nada de lo que escuchaba, y me sentía incapaz de descifrar los códigos que regían la música, y no digamos fijar sus recursos técnicos o detallar su historia y evolución. Pero lo que sí tenía claro es que me golpeaba muy adentro con una fuerza a la que ni podía ni quería resistirme, de modo que muy pronto llegué a la conclusión de que aquella era la música que quería escuchar el resto de mis días. Algo tan sencillo como abrir la mente y los oídos: escuchar.
Me vino entonces a la memoria aquel momento en el viejo Corrillo de Salamanca donde asistí por primera vez a un bolo de Malik Yaqub; ahí estaba yo, con mis deberes bien hechos y las certezas del empollonzuelo jazzístico, sacudido por un vendaval que no podía descifrar y ante el que me sentía indefenso: es uno de los momentos que más me gustan del proceso de escuchar, ese algo que te sorprende y te descoloca. Entonces, me dejé simplemente ir, sin otro propósito que sentir que aquello se fuera poco a poco reconstruyendo dentro. Estaba preparado: escuchaba.
Ser un conocedor o experto en algo no es la condición necesaria para apreciarlo, o incluso comprenderlo. Ayuda a interpretar mejor lo que escuchamos, privilegiando así la escucha, vale. Pero no pocas veces, la carga de información y los prejuicios nos bloquean el acceso a la verdadera esencia de la experiencia musical: escuchar con la mente libre, reaccionar ante lo que está ahí, ante nosotros, preguntarnos cosas, buscar, despojarse de lo aprendido para seguir aprendiendo…
A veces pienso que el público se está volviendo comodón desde hace tiempo, cuando no -algo muy de hoy día- vanidosamente empoderado: queremos el potito bien calentito, sin que se nos haga pensar, adaptado a nuestros gustos y querencias. Codificado y envuelto en papel de regalo. ¿Escuchamos, o simplemente clasificamos y valoramos?
Pues no, amigo, el que no estaba preparado era usted.
👏👏
No se si estoy preparado para escuchar y ver un concierto de jazz. Pero si recuerdo mis inicios escuchando y viendo a Ran Blake, George cables, Jeff jerolamon o malik. Recuerdo como me quedaba perplejo escuchando. Creo que el jazz es una música perpleja que cautiva. Y me cautivó, vaya si me cautivó.sigo enamorado de ella y lo que me enseño EL GRAN JEAN LOU BENNET.