Ojo con las etiquetas…

Sucedió ya hace un montón de años: durante una estancia del cuarteto de Hamiet Bluiett en el Café España de Valladolid, nos pidieron desde la televisión local ayuda para hacerle una pequeña entrevista. Me preparé bien los deberes: sus vínculos con el Black Artists Group, la larga militancia en el World Saxophone Quartet, etc. Confiado, disparé la primera pregunta:

– Su música viene de los 60. Podría dec…

No pude terminar, ya que me interrumpió sin mayores contemplaciones:

– No, mi música viene realmente de los 50.

La primera en la frente, pensé. Fue una lección primeriza que me hizo entender de manera rápida y muy efectiva algo que tengo muy claro desde entonces: mucho cuidado a la hora de categorizar a los músicos o encasillarles en clases o grupos prefijados. El motivo es muy sencillo: no solo caemos en el riesgo de meter la pata, sino que -y esta razón por encima de otras- a muchos de ellos, por no decir a la mayoría, no les gusta nada de nada.

La utilización de compartimentos estancos o categorías, o por ser más precisos el afán por clasificarlo todo, es bastante frecuente entre nuestras élites culturales; responde, sospecho, a un sesgo educativo y a un impulso académico casi irreflenable. Es, también, una forma de controlar un terreno específico: compartimentándolo lo vemos todo más clarito y abarcable: románico, barroco, impresionismo, bebop… Todo pude incluirse en un campo que hemos definido con anterioridad, excepto, claro está, ese molesto grupo de creadores a los que uno no puede encajar en ningún lado y opta por considerarles, pura y simplemente, “inclasificables”.

El problema surge cuando tú le espetas a uno de ellos -y en este caso a un músico de jazz-, con la confianza y rotundidad del que cree saberlo todo, que pertenece a una de esas categorías estancas, y éste se te queda mirando con ademán molesto y te responde con algo parecido a esto:

– ¿Hard Bop? No, yo no hago eso. Yo hago mi música, simplemente. Puedes llamarle como quieras, pero a mí quien realmente me inspiró fue Benny Carter.

Con mucha frecuencia observo que abundan en Internet aportaciones que, desde la mejor intención y con un encomiable interés didáctico, aportan perfiles artísticos que suelen comenzar de una manera parecida a ésta: “Perteneciente a la generación de…”, “Uno de los principales representantes del estilo tal cual…” o “Adscrito a la corriente de…” Todos lo hemos hecho alguna vez, llevados por nuestro afán didáctico. Pero la experiencia del día a día con los músicos, las muchas charlas y experiencias compartidas, te demuestran que a una gran mayoría no les resulta de su agrado ese tipo de categorizaciones. A nadie, y menos a un músico de jazz, le gusta que le encasillen. Los músicos por regla general no piensan en si lo que hacen es bebop, swing o free, piensan sólo en música, o en nada en concreto. Los estilos están ahí, los ponemos nosotros, pero son simples categorías que pueden resultar muy útiles a la hora de describir la evolución del jazz como tradición en transición -y ayudar, así, a su mejor comprensión global-, pero que nunca deberían convertirse en axiomas o dogmas de fe en sí mismos. Es como intentar mantener la arena fina entre nuestras manos: se nos escapa por cualquier mínimo resquicio.

Vale la pena afrontar el reto de reimaginar nuestra manera de hablar y escribir sobre música sin que las categorizaciones no asuman un rol que vaya más allá del que realmente puede ser útil, y sin convertirnos ni convertir a nadie en esclavo de ellas. Cuando le quitas la etiqueta, la prenda luce mucho más bonita y diáfana…

Publicado por elcallejondeljazz

(Gijón, 1962) Comencé a interesarme por el jazz a los 13 años. En 1981 me uní a la Asociación de Amigos del Jazz de Valladolid, colaborando en las tareas organizativas del Festival internacional de Jazz y otras actividades como emisiones radiofónicas, charlas de divulgación, publicaciones... A finales de los 80 me incorporé al plantel de colaboradores de El Norte de Castilla como cronista de jazz, publicando regularmente artículos, reseñas y crónicas en el suplemento Artes y Letras, dirigido por Francisco Barrasa. En el otoño de 1990 entré a formar parte del equipo -primero como colaborador y más tarde como redactor- de la revista Cuadernos de Jazz, dirigida por Raúl Mao. A finales de los 90 escribí también para El Mundo -Diario de Valladolid y el bimensual Más Jazz, dirigido por Javier de Cambra. ​En febrero de 1991 me convertí en programador de conciertos del Café España de Valladolid, tarea que desempeñé hasta su cierre en 2009, participando en la realización de más de un millar de conciertos durante el período. ​En 1994 me incorporé al jurado del Concurso de grupos del Festival Internacional de Jazz de Getxo, tarea que he venido desarrollando hasta la fecha. He participado también en la organización de varios ciclos y eventos jazzísticos, como los festivales de Burgos, Palencia, Ezcaray, FACYL de Salamanca, el festival Ahora de músicas creativas de Palencia, el ciclo Son del Mundo de Caja de Burgos o la Red Café Música de Castilla y León. ​Entre 1996 y 99 trabajé como road manager para la agencia Jazz Productions de Barcelona, participando en giras con, entre otros artistas, Johnny Griffin, Kenny Barron, Abbey Lincoln, Phil Woods, Mulgrew Miller, Steve Lacy, Diane Reeves o Jesse Davis. ​Desde 2010 coordino la programación cultural del Café del Teatro Zorrilla de Valladolid, tarea que compaginé durante cinco años con la presentación del ciclo de conciertos Ondas de Jazz de Vitoria, dirigido por Joseba Cabezas. Soy cofundador de la asociación Cifujazz, destinada al mantenimiento del legado de Juan Claudio Cifuentes. Realizo también el podcast radiofónico Dial Jazz.

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