París y el jazz

Como música esencialmente urbana que es, el jazz siempre ha estado vinculado al mundo de las ciudades, espacios donde ha ido madurando su experiencia musical y humana. Partiendo de la multicultural y mundana Nueva Orleans llegó a los suburbios de la industriosa Chicago, a los ghettos de Nueva York, a las luminosas costas de Los Angeles o San Francisco para, en una imparable fase de expansión, cruzar el charco y hacerse fuerte en capitales europeas marcadas por su permanente idilio con las corrientes y nuevas formas artísticas, léase Londres, Berlín o París. Paris, ciudad de acogida de gentes de un sinfín de procedencias, siempre abierta a la vanguardia cultural y centro irradiador de lo nuevo, y lo diferente. Paris, que acogió el jazz con entusiasmo casi adolescente, lo arropó y lo disfrutó como si fuera suyo y contribuyó decisivamente a proporcionarle ese barniz de relevancia artística e intelectual del que hoy disfruta como una de las experiencias más representativas de la cultura del siglo XX.

Como es bien sabido, el jazz llegó a Europa de la mano de las tropas norteamericanas que viajaron al Viejo Continente para combatir en la Primera Guerra Mundial; y, más en concreto, de los contingentes que incluían soldados de origen afroamericano, que llevaban en la mochila el germen activo de una nueva música destinada a conquistar el mundo. James Reese Europe, a quien el pianista Eubie Blake definió como “el Martin Luther King de nuestra música”, era un activo miembro de la comunidad artística que había creado en Nueva York el Clef Club, una organización dedicada a promover las oportunidades y el trabajo de artistas afroamericanos, y que había realizado para la Victor un puñado de grabaciones que se movían en ese territorio algo difuso, tan característico de aquellos tiempos pioneros, entre el ragtime, el incipiente jazz y las melodías de moda, con un consistente y metódico trabajo de arreglos.

Memphis Blues

James Reese Europe

Europe se alistó al poco de entrar los Estados Unidos en guerra, y se le asignó como teniente en el 15º Regimiento, a las órdenes del Coronel Hayward. Su principal misión era crear una buena banda de música, para lo que se le dio plena libertad para elegir músicos a su gusto. Viajó incluso hasta Puerto Rico para reclutar a su gente, entre la que se encontraba otro pionero como él, Noble Sissle, un cantante, letrista y compositor hijo de predicador que había trabajado con Eubie Blake en varias producciones, habiendo ambos encontrado acomodo laboral en las formaciones regulares de James Reese Europe. Una vez finalizada la selección, la banda pasó a convertirse en el 369 Regimiento, popularmente conocido por los Hell Fighters.

Cuando el General Pershing, comandante en jefe de las fuerzas expedicionarias americanas en Europa, escuchó a los Hell Fighters, no dudó en ponerlos inmediatamente bajo su mando directo en el cuartel general, decidido a utilizarlos como recurso para aumentar la moral de las tropas en territorio francés. En 1918 la banda comenzó su gira itinerante, cautivando no sólo los oídos de los combatientes, deseosos de olvidar aunque solo fuera por un rato los dramas de la guerra, sino también a muchos franceses que, por primera vez, se veían expuestos a una música que les resultaba totalmente desconocida y a la vez irresistiblemente fascinante. De inmediato, muchos músicos locales pusieron manos a la obra para intentar descifrar e imitar aquellos nuevos y poderosos sonidos, sin conseguirlo en un primer momento. Aquello incrementó la aureola de estos formidables artistas afroamericanos, proporcionándoles además un sentimiento de aprecio y reconocimiento que raramente o nunca habían experimentado en su tierra de origen.

Entre los componentes de los Hell Fighters estaba un joven batería y cantante de Filadelfia llamado Louis Mitchell, cuya formación, los Jazz Kings, se hizo muy popular a partir de sus apariciones en el Casino de Paris. Mitchell decidió quedarse en Europa tras la guerra y con lo que había ganado pudo montarse un restaurante y club de jazz, además de convertir su apartamento en la Rue de Clichy en un verdadero foco de irradiación jazzística.

Dans la vie faut pas s’en faire

Louis Mitchell Jazz Kings

Otro de los personajes más significativos de esta primera oleada del jazz en París fue la cantante y bailarina Ada Smith, conocida como Bricktop, veterana pese a su juventud del popular circuito de la TOBA, que llegó a la capital francesa en 1924 para debutar en el le Gran Duc, un conocido club nocturno dirigido por Eugene Bullard, todo un personaje en el mundo de la vida social del momento. Bricktop se hizo rápidamente popular en el todo París, auspiciando multitud de eventos y codeándose con lo más granado de la comunidad artística y cultural, incluidos sus compatriotas John Steinbeck o el compositor Cole Porter, residente fijo durante largas temporadas en la ciudad. En 1926 Ada abrió su propio club, Chez Bricktop, en la Rue Pigalle, que se convirtió en un lugar de moda al que acudían regularmente desde el propio Porter a otras celebridades como la gran Josephine Baker, estrella del Plantation Club de Harlem, o el mismísimo Príncipe de Gales, que en más de una ocasión se sentó a la batería.

Dinah

Josephine Baker

Por el club de Ada Smith pasarían un buen número de jazzmen americanos de paso por Europa, desde Duke Ellington a Cab Calloway y Lionel Hampton, y tras un cambio de ubicación en la misma calle mantuvo su fama y buen ambiente durante la mayor parte de la década de los 30, hasta que la segunda guerra mundial le hizo hacer las maletas y regresar a Estados Unidos, dejando tras de sí una aureola y recuerdo inolvidable.

Como señalamos anteriormente, el impacto del jazz no fascinó sólo a músicos y público en general, sino que alcanzó a un amplio sector de la intelectualidad y el mundillo cultural. Su sonido vibrante, irreverente y su aparente falta de convenciones formales atrajo la atención de muchos artistas vinculados a las emergentes vanguardias, como los dadaístas o surrealistas, para quienes era algo así como la encarnación sonora una actitud contrapuesta a la ampulosidad de las formas musicales clásicas. Así lo veían gentes como Jean Cocteau y otros artistas de su generación, atraídos por su primitivismo salvaje y su empuje. Claro que no todo fueron parabienes: un sector de la crítica musical rechazaba el jazz como algo cacofónico y ruidoso, e incluso cuestionaba abiertamente el que pudiera ser considerado como música. Este tipo de argumentos y la creciente popularidad y cantidad de artistas afroamericanos residentes o trabajando en Francia, llevaron a la aprobación de algunas leyes laborales que limitaban la presencia de músicos foráneos a un 10% del total de las contrataciones, precedente de otras normas futuras similares tan características del proteccionismo cultural francés.

Pero ley alguna iba a impedir que la llama del jazz, bien prendida en el viejo continente, iluminara toda una gran comunidad de seguidores dispuestos a difundir por todas partes su fe inquebrantable en la nueva música. En 1931 nace el Hot Club de France, creado por cinco jóvenes estudiantes piraos por el jazz y cuyo primer presidente fue Hughes Panassié, autor 3 años más tarde de uno de los primeros ejemplos de bibliografía jazzística, titulado Hot Jazz. El club se convirtió rápidamente en un poderoso centro de actividad jazzística, y en 1934 su gerente por entonces, Pierre Nourry, propuso crear un grupo íntegramente de cuerdas a un guitarrista de etnia gitana fogueado en los clubs parisinos y dotado de un estilo y personalidad únicos: Django Reinhardt. Con el liderazgo compartido del violinista local Stephane Grappelli, el Quinteto del Hot Club de Francia había nacido, y con él, la que puede muy bien considerarse primera formación genuinamente original del jazz europeo.

I Got Rhythm

Django Reinhardt & The Hot Club de France Quintet

Uno de los fundadores del Hot Club de Francia junto a Panassié fue Charles Delaunay, que en 1935 dirigiría la primera publicación jazzística del país, Jazz Hot. Delaunay fue también una figura muy activa en lo referente a la organización de conciertos e impulsó la creación de uno de los primeros sellos exclusivamente dedicados al jazz, Disques Swing, que entre otros aprovechó la visita de jazzmen americanos para grabarles, como el saxofonista Coleman Hawkins:

Honeysuckle Rose

Coleman Hawkins & His All Stars

Delauney se integró en la Resistencia durante la ocupación alemana, y tras la guerra retomó su actividad jazzística, convirtiéndose en entusiasta defensor del bebop en contra del criterio de Panassié, que se mantuvo incorruptible en su afecto por el jazz tradicional y rechazo a las innovaciones de Parker, Gillespie y compañía. Ambos encarnaron sendas posiciones enconadas en un debate que dividió a los aficionados franceses entre tradicionalistas y modernistas. Delauney fundó también otro de los sellos emblemáticos del jazz en Francia, Disques Vogue, en 1947. La compañía creó un magnífico catálogo de testimonios jazzísticos tanto de artistas franceses como americanos, desde Django Reinhardt o Claude Luter a Sidney Bechet, Louis Armstrong, Dizzy Gillespie o Errol Garner. Otro campo que representó un importante papel dentro de la difusión del jazz fue la radio, con datos que a día de hoy resultan casi increíbles: a finales de 1939, más de un cuarto de las emisiones musicales de radio Paris estaban dedicadas al jazz, con verdaderas estrellas de la programación como la orquesta de Raymond Legrand, que superó los 500 programas entre 1940 y 42.

Istanbul

Raymond Legrand et son Orchestre

Resulta imposible hablar del jazz en París sin hablar de los clubs, los santuarios donde se ha escrito siempre el día a día de esta música. A los ya mencionados anteriormente habría que unir ahora toda una legión de locales que abrieron sus puertas tras la guerra, muchos de ellos ubicados en el Barrio Latino y la zona de St Germain de Pres, refugio habitual de intelectuales, artistas y farándula de toda suerte y condición. En el número 5 de la calle de la Huchette abrió sus puertas la Caveau de la Huchette, donde era habitual ver en el escenario a grandes jazzmen americanos de paso. El club pertenecía al vibrafonista Dany Doriz, que también dirigió el Slow Club, en la Rue Rivoli. A lo largo de la década de los 40 abrirían sus puertas un buen número de locales históricos, como Les Trois Mallets, próximo a Notre Dame, o el Tabou, donde cantaba habitualmente Juliette Greco y era frecuente encontrarse a Jean Paul-Sartre o Boris Vian degustando interminables noches de jazz y bohemia. Vian tomaría la antorcha del Tabou cuando éste cerró y puso en marcha el Club St Germain en 1947 en la Rue St Benoit, un local que se convertiría en toda una referencia y corazón musical parisino durante muchos años. Allí tocaron muchos de los grandes, de Charlie Parker, Miles, Art Blakey o Bud Powell a Sidney Bechet, y se grabaron un gran número de conciertos editados por distintos sellos discográficos.

Like Someone In Love

Art Blakey & The Jazz Messengers

También el la Rue de la Huchette se ubicaba Le Chat Qui Peche, dirigido por una señora llamada Madame Ricard, que había pertenecido a la Resistencia. El local se mantuvo abierto hasta los años 70, y dio trabajo a un montón de músicos como Art Taylor o Walter Davis Jr. En 1952 abrió Le Camaleon, que más tarde acabaría convirtiéndose en una sala de rock.

Out Of Nowhere

Zoot Sims & Henri Renaud

Otro rasgo característico de la vida del jazz parisino, y en términos generales del jazz en el Viejo Continente, lo supuso la llegada, en no pocos casos para quedarse, de un buen número de jazzmen americanos. Aunque las razones personales de cada uno de los que decidió no volver a su país puedan resultar variadas, en general responden a dos grandes motivaciones: la primera, la abundancia de trabajo, dada la afición creciente por el jazz y la aparición constante de nuevos clubs, festivales y programaciones de conciertos. Había bolos, y además por regla general mejor pagados que en Estados Unidos. En segundo lugar, el músico americano, y especialmente los de color, encontraron en Europa un panorama social menos hostil, competitivo y sobre todo menos racista, a lo que se unía una consideración y admiración hacia los artistas muy superior a la de su país de origen. No pocos decidieron por tanto echar raíces aquí y permanecer para siempre o cuando menos largas temporadas a este lado del océano, y Francia y París fueron sin duda dos de sus destinos favoritos.

En 1948 Dizzy Gillespie llegó a Paris tras una accidentada gira sueca durante la cual un promotor listillo se llevó el dinero, dejando al grupo en precario. Sin apenas poder llevarse algo al estómago la banda actuó en la Sala Pleyel, cerca de los Campos Elíseos, cosechando un enorme éxito. Un año más tarde, en la primavera de 1949, Charlie Parker iniciará la que será primera gira europea de su carrera. El 7 de mayo se sube al avión con destino a Paris, acompañado de un puñado de compañeros. La misma noche de su llegada toca en el Club St Germain, y al día siguiente forma parte del elenco del Festival Internacional de Jazz en la Sala Pleyel. El quinteto de Parker permaneció en Francia hasta el 15 de mayo, con bolos en Paris, Roubaix y Marsella. Un día más tarde tomaron el avión de regreso a Nueva York. Aquella gira le demostró a Parker toda la admiración y cariño que los aficionados europeos dispensaban a su persona y su música, y en este sentido a buen seguro que, pese a su brevedad, supuso para él un momento particularmente inolvidable.

Uno de los acompañantes de Parker en aquel viaje era el aun joven Miles Davis, y París fue la primera ciudad extranjera que pisaba en su vida. Su grupo había sido contratado para tocar en el Festival Internacional de Jazz, en su primera edición tras el final de la guerra. Como recordó en su autobiografía, Miles disfrutó enormemente su estancia en Paris, donde encontró un reconocimiento y trato impensable en su país de origen, tanto en lo musical como en su condición de afroamericano. Los aficionados franceses le idolatraban, y Miles pronto hizo buenas migas con Boris Vian, que le hizo de anfitrión en sus veladas en los clubs y le presentó al no va más artístico y cultural de la ciudad, incluidos Jean Paul Sartre y Picasso. También conoció a la cantante y actriz Juliette Grecó, con quien vivió un breve pero intenso romance que sólo terminó con el regreso de Miles a Estados Unidos, donde le esperaría un panorama y un futuro inmediato muy diferentes… Unos años más tarde, en el 56, regresaría a Paris integrando unos autodenominados Birdland All Stars, y aprovechó para hacer unos bolos con un trío local liderado por el pianista René Utreger, con cuya hermana de paso tuvo otro breve romance. Utreger, además del saxofonista Barney Wilen, el bajista Pierre Michelot y Kenny Clarke, volverían a estar junto a Miles cuando éste aceptó el encargo del cineasta galo Louis Malle para encargarse de la banda sonora de la película Ascensor para el Cadalso, protagonizada por Maurice Ronet y Jeanne Moreau.

Florence sur les Champs-Elysées

Miles Davis

También a mediados de los 50 tuvo lugar otro de los episodios más recordados de la era dorada del jazz en Paris: la visita de Chet Baker. El trompetista llegó a Francia en septiembre, guiado no sólo por intereses profesionales sino también por el deseo de estar con su novia francesa de entonces, Liliane Cukier. Aquella gira europea, que se prolongaría durante varios meses, permanece en el recuerdo no sólo por sus logros musicales, reunidos en una memorable serie de sesiones discográficas, sino también por el tormentoso hecho de la muerte en oscuras circunstancias del pianista del grupo, la joven estrella emergente Dick Twardzik. A comienzos de abril de 1956, tras ocho meses en Europa y habiendo roto con su fiancée Liliane, Chet puso de nuevo rumbo a Estados Unidos.

These Foolish Things

Chet Baker

Hubo incluso casos de músicos americanos que literalmente, en un rasgo muy característico de la vida cultural de nuestro país vecino, fueron poco menos que “adoptados” como verdaderos hijos de Francia. Ese fue el caso por ejemplo de Sidney Bechet, cuya vida cambió de sopetón cuando en 1949, tras unos años aciagos en Estados Unidos, viajó a Paris para tocar en la sala Pleyel, suscitando una reacción tan entusiasta por parte de los fans franceses que, sin pensárselo dos veces, decidió no regresar a casa y establecerse allá donde era venerado poco menos que como un dios.

Promenade Aux Champs-Elysées

Sidney Bechet

Desde entonces hasta su fallecimiento en Paris en 1959, Bechet disfrutó de una era dorada a nivel artístico y personal, participando en innumerables eventos jazzísticos por toda Francia y muy raramente viajando a los Estados Unidos, donde el eco de su grandeza se había apagado ya hacía mucho.

Otro de los músicos americanos de renombre que decidieron poner rumbo a Europa y quedarse en Francia fue el batería Kenny Clarke, que ya había pasado largas temporadas por estos pagos en la segunda mitad de los 40, pero que en 1956 llegó formando parte de la big band de Dizzy Gillespie y se quedo en Francia para el resto de sus días, realizando numeroso trabajo de estudio, co-liderando la célebre y extraordinaria Clarke-Boland Big Band o tocando con muchos viejos compañeros. Uno de ellos, el gran Bud Powell, permanecería la mayor parte de sus últimos años en Paris, antes de volver a Estados Unidos y fallecer poco después, en 1966.

I Ain’t Foolin’

Bud Powell

La lista de músicos americanos que se convirtieron en expatriados y decidieron quedarse o pasar largas temporadas en Europa sería larga de enunciar: A los ya mencionados podríamos sumar al batería Art Taylor, que llegó en 1958 para tocar el la Expo de Bruselas y acabó quedándose varios años en París, donde, en sus propias palabras, “viví la mejor época de mi vida”; Johnny Griffin llegó a principios de los 60 y ya no se marcharía nunca de Europa, viviendo en París, Holanda y la campagne, colaborando con viejos y buenos compañeros y convirtiéndose en una figura icónica de la vida y ambiente jazzísticos en el Viejo Continente; su compañero al tenor Don Byas fue de los primeros en llegar como integrante de la orquesta de Don Redman, y con la excepción de un bolo en el Festival de Newport del 70, nunca volvería a pisar Estados Unidos. Y así podríamos contar muchos casos más: Pony Poindexter, Lucky Thompson, Buck Clayton, Bill Coleman, nuestro añorado Lou Bennett, James Moody… Un largo etcétera de formidables músicos que disfrutaron de grandes momentos personales y profesionales a este lado del Océano que ya de por sí merecerían toda una emisión propia cada uno de ellos. París fue, también, el escenario del canto del cisne de alguno de ellos antes de dejar este mundo, como sucedió con las últimas grabaciones de Lester Young antes de fallecer.

I Cover The Waterfront

Lester Young

En las últimas décadas, el jazz ha seguido encontrando en París un lugar de acogida y apoyo incondicionales. Durante la década de los 60, en plena explosión del fenómeno expansivo del free jazz, no pocas formaciones punteras de esta corriente encontraron en la capital francesa un lugar donde poder hacer valer sus ideas, tanto en los estudios de grabación como en los eventos en vivo. Así sucedió, por ejemplo, con el saxofonista Archie Shepp o el simpar Art Ensemble Of Chicago, que grabó para el sello BYG Actuel en 1969 un formidable álbum en directo que está entre los más relevantes de su larga carrera:

Oh Strange Part 1

Art Ensemble Of Chicago

A día de hoy, París sigue ofreciendo al aficionado al jazz un panorama de posibilidades muy amplio, con eventos de todo tipo y un ramillete de excelentes clubs que recogen el testigo de sus predecesores como el New Morning o el Studio de l’Rrmitage, con programaciones de alto nivel. Y aunque el jazz hace mucho tiempo que dejó de ser la banda sonoro de una época y una vida del la cultura y la sociedad modernas, todavía son bien perceptibles en lugares como la capital francesa los ecos de un pasado maravilloso e inolvidable: Paris y el jazz, un romance destinado a perdurar para siempre.

Y para terminar, un momento para la historia que nos concierne muy directamente. En Paris, un 20 de abril de 1941, nacía Juan Claudio Cifuentes, maestro y referencia fundamental de los aficionados y divulgadores del jazz en nuestro país. A él va dedicado, desde el recuerdo y el respeto, este programa especial.

Publicado por elcallejondeljazz

(Gijón, 1962) Comencé a interesarme por el jazz a los 13 años. En 1981 me uní a la Asociación de Amigos del Jazz de Valladolid, colaborando en las tareas organizativas del Festival internacional de Jazz y otras actividades como emisiones radiofónicas, charlas de divulgación, publicaciones... A finales de los 80 me incorporé al plantel de colaboradores de El Norte de Castilla como cronista de jazz, publicando regularmente artículos, reseñas y crónicas en el suplemento Artes y Letras, dirigido por Francisco Barrasa. En el otoño de 1990 entré a formar parte del equipo -primero como colaborador y más tarde como redactor- de la revista Cuadernos de Jazz, dirigida por Raúl Mao. A finales de los 90 escribí también para El Mundo -Diario de Valladolid y el bimensual Más Jazz, dirigido por Javier de Cambra. ​En febrero de 1991 me convertí en programador de conciertos del Café España de Valladolid, tarea que desempeñé hasta su cierre en 2009, participando en la realización de más de un millar de conciertos durante el período. ​En 1994 me incorporé al jurado del Concurso de grupos del Festival Internacional de Jazz de Getxo, tarea que he venido desarrollando hasta la fecha. He participado también en la organización de varios ciclos y eventos jazzísticos, como los festivales de Burgos, Palencia, Ezcaray, FACYL de Salamanca, el festival Ahora de músicas creativas de Palencia, el ciclo Son del Mundo de Caja de Burgos o la Red Café Música de Castilla y León. ​Entre 1996 y 99 trabajé como road manager para la agencia Jazz Productions de Barcelona, participando en giras con, entre otros artistas, Johnny Griffin, Kenny Barron, Abbey Lincoln, Phil Woods, Mulgrew Miller, Steve Lacy, Diane Reeves o Jesse Davis. ​Desde 2010 coordino la programación cultural del Café del Teatro Zorrilla de Valladolid, tarea que compaginé durante cinco años con la presentación del ciclo de conciertos Ondas de Jazz de Vitoria, dirigido por Joseba Cabezas. Soy cofundador de la asociación Cifujazz, destinada al mantenimiento del legado de Juan Claudio Cifuentes. Realizo también el podcast radiofónico Dial Jazz.

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