
Atendiendo a su desarrollo histórico, el jazz es una música esencialmente urbana. Del mismo modo que el blues, al menos hasta los años 20, está fuertemente vinculado a los ambientes rurales del Sur de Estados Unidos. Para escuchar los primeros latidos del jazz hay que acercarse a los espacios urbanos, donde el encuentro e intercambio de ideas y experiencias entre músicos era más frecuente y esa especie de potaje de numerosos ingredientes musicales que es el jazz (raíces afroamericanas, europeas, caribeñas…) encontró un recipiente adecuado y cosmopolita para irse cociendo.
Nueva Orleans es, por excelencia, la ciudad del jazz, y lo sigue siendo más de un siglo después de que los primeros sonidos de esta música comenzaran a escucharse por el barrio de Storyville, el French Quarter o la subyugante Congo Square. Aunque la historiografía del jazz no ha excluido la aparición de formas musicales similares en otros puntos del Sur, lo cierto es que la gran mayoría de pioneros del jazz proviene de la capital del Delta, así como las formaciones que atronaban las calles en los desfiles y conmemoraciones especiales, como el mardi gras del carnaval.
La música era y sigue siendo algo fundamental en la vida de Nueva Orleans, estaba y está por todas partes. En los clubs del barrio de las luces podía escucharse a tipos como Jelly Roll Morton, una suerte de profesional a medio camino entre lo artístico y la delincuencia de los bajos fondos. Músicos de origen criollo o afroamericanos compartían bagajes musicales que iban desde la música de salón afrancesada al blues, y las bandas callejeras y sociedades recreativas amenizaban fiestas, desfiles o funerales con un repertorio dirigido a agitar las caderas del público. No disponemos de testimonios grabados que ilustren toda la diversidad y colorido de esta música: el jazz que hoy conocemos como de Nueva Orleans es el que registraron en los años 20 los grandes maestros del Delta trasladados a los centros urbanos del Norte, como Chicago o Nueva York; ahí se grabó la música de King Oliver, Louis Armstrong, Morton o Sidney Bechet, que ayudó al jazz a dar un paso adelante en sofisticación y popularidad. A día de hoy, y aún después de circunstancias tan catastróficas como las del Katrina, la vieja NOLA recupera una vez más su pulso más solidaria, activa y musical que nunca, con nuevas generaciones de músicos que mantienen vivo el maravilloso legado musical de la ciudad.
Si Nueva Orleans ha pasado a la historia coma la cuna original del jazz, Nueva York ha sido su capital desde finales de los años 20, cuando buena parte de los principales músicos del Delta y del Sur acompañaron la gran migración de afroamericanos a los núcleos industrializados del Norte, donde les aguardaban nuevas y abundantes oportunidades de encontrar trabajo. Chicago y Nueva York capitalizaron buena parte del contingente musical. Barrios como el Southside chicagoense o Harlem, Broadway y Greenwich Village pasaron a contar entre sus vecinos a muchos grandes del primer jazz, al mismo tiempo que numerosos clubs y salones de baile como el Savoy, el Cotton Club, el Lennox o el Connie’s Inn les servían de campo de experimentación y escaparate hacia toda una generación de americanos loca por el jazz y sus ritmos sincopados. Era la Era del Jazz, y Nueva York fue el gigantesco teatro de operaciones donde todo sucedía. Cualquier músico que quisiera “ser algo” en el mundo del jazz sabía que no había mejor camino ni más rápido que hacerse el hatillo y trasladarse a la gran manzana, donde estaba el trabajo, los principales escenarios y compañías discográficas, las grandes orquestas y vivían los maestros del género. En los años 40, la Calle 52 se convirtió en una especie de paraíso en la Tierra para los aficionados y los músicos: clubs por todas partes, noches interminables de jazz y diversión donde uno podía ver a los mejores día tras día haciendo historia. Locales como el Minton’s sirvieron de minúscula incubadora a los nuevos planteamientos del bebop.
La mayoría de los clubs de jazz más legendarios tuvieron o tienen su sede en Nueva York: Village Vanguard, Blue Note, Café Bohemia, Half Note, Five Spot, Bridland… En los últimos tiempos se les han unido otros de nueva generación, como el Visiones o el Smalls, que mantienen viva la llama de una época gloriosa que no obstante hace ya tiempo ha ido dejando paso a las cenas, los paquetes turísticos y la atmósfera inmaculada y sin humo…
Kansas City, una las grandes aglomeraciones urbanas el Medio Oeste americano, vivió a finles del siglo XIX una intensa migración afroamericana proveniente del Sur, atraída por su carácter de importante nudo comercial. Pronto floreció allí una activa comunidad musical, centrada sobre todo en los cabarets de las calles 12 y 18, como el Sunset, el Lonestar, el Cherry Blossom o el Subway. Amparadas por la mano permisiva del alcalde Tom Pendergast, las noches de Kansas City hervían con jam sessions de las que surgieron toda una generación de grandes músicos en los años 30 y 40. El jazz de KC esá fuertemente enraizado en el blues y se caracteriza por unos arreglos sencillos, salpicados de riffs y aupados en una pulsación rítmica peculiar e irresistible. De ahí surgieron las orquestas de Bennie Moten, Jay McShann o Count Basie, y maestros como Lester Young y Charlie Parker, llamados a representar un papel protagonista en el futuro inmediato del jazz.
Con la implantación de la industria del cine en Hollywood, Los Angeles pronto se convirtió en un centro de creciente e influyente actividad artística y, por ende, musical. Pioneros de Nueva Orleans como Kid Ory o Freddie Keppard realizaron ahí sus primeras grabaciones. Un número importante de músicos de jazz se instaló en la ciudad al reclamo del trabajo en los estudios, y los clubs comenzaron a aparecer por todas partes: el Alabam, el Down Beat, el Billy’s Berg y especialmente el Lighthouse y el Shelly Manne’s Hole. El jazz californiano, identificado a menudo con el West Coast Jazz, se caracteriza por su toque elegante, swingueante y sofisticado. Con frecuencia suele asociarse a artistas blancos, como Art Pepper, Chet Baker o Gerry Mulligan, pero en los Angeles también trabajaron a menudo jazzmen afroamericanos como Charles Mingus, Dexter Gordon, Wardell Gray, Nat King Cole o Buddy Colette, sin olvidar que en Los Angeles grabó Charlie Parker su histórica e inolvidable versión de Lover Man en 1947.
Europa
El jazz llegó a Europa casi simultáneamente a su explosión comercial en Estados Unidos. En la frontera de los años 20 ya existían bandas en el Reino Unido y otros países del Viejo Continente que se inspiraban en las formaciones de baile americanas, al mismo tiempo que los ritmos del fox trot o el charleston comenzaban a ponerse de moda a la velocidad del rayo. Artistas como Sidney Bechet o Josephine Baker se cuentan entre los primeros pioneros del jazz que actuaron y causaron un profundo impacto en la Europa de la época.
Al principio, el jazz europeo se desarrolló en base al modelo americano, emulando las principales referencias que llegaban del otro lado del océano. El primer jazzmen de origen europeo que aportó una visión propia fue el guitarrista gitano belga Django Reinhardt. Su música cautivó a sus colegas norteamericanos, que supieron apreciar en ella lo que había de diferente. Si hubiera que elegir un hito simbólico para marcar el nacimiento de un verdadero jazz en Europa, sería ese.
París fue uno de los centros del jazz en el Viejo Continente durante los años 40 y 50. El ambiente musical y bohemio se localizaba en los clubs de Saint Germain des-Pres, donde los músicos americanos compartían mesa con intelectuales como Sartre o celebridades como Juliette Greco, de quien se enamoró perdidamente un joven Miles Davis, que unos años después grabaría la banda sonora de uno de los más hermosos filmes de Louis Malle, Ascensor para el cadalso.
A finales de los 50 y durante los años 60, la emigración de músicos americanos a Europa creció enormemente. Llegaban no sólo atraídos por las numerosas y notablemente mejor remuneradas ofertas de trabajo, sino porque a este lado del océano eran considerados como verdaderas estrellas y tratados con una dignidad y respeto poco habitual en Estados Unidos, donde aún se les veía en buena manera como entertainers de segunda fila. Otro de los motivos para instalarse en Europa era escapar del asfixiante racismo de la sociedad norteamericana, difícil de soportar para muchos.
Amsterdam fue uno de los lugares más populares entre los músicos americanos a la hora de instalarse en Europa. De la capital holandesa atraía su ambiente mundano, la liberalidad en el consumo de drogas y su situación próxima a las grandes capitales europeas. Uno de los primeros en actuar en Holanda junto a músicos locales fue Coleman Hawkins, que lo hizo ya a principio de los años 20. Tras el parón de la Segunda Guerra Mundial la actividad volvió más fuerte que nunca. Artistas como Ben Webster –que llegó desde Dinamarca- residieron largas temporadas en Amsterdam o se instalaron allí permanentemente, como Wilbur Little o Michael Moore. Y en Amsterdam encontró la muerte una solitaria noche a finales de los 80 el trompetista Chet Baker, que se arrojó o cayó desde la ventana de un hotel. Hoy en día Holanda sigue siendo uno de los grandes centros del jazz Europeo, y su North Sea Festival una de las principales convocatorias del género en toda Europa.
Dinamarca y su capital Copenhague son, en muchos sentidos, un verdadero paraíso para los amantes del jazz. Festivales, clubs, asociaciones, grupos de aficionados… todo el país respira jazz, y no es de extrañar que muchos músicos americanos decidieran fijar allí su residencia. El ya mencionado Ben Webster, Stan Getz, Oscar Pettiford, Kenny Drew, Thad Jones o Dexter Gordon se encuentran entre los más recordados. Muchos de ellos ambientaron las legendarias noches del club Montmartre, al que sucedió más tarde uno de los más emblemáticos clubes europeos, el Copenhagen Jazzhouse.