
El Jazz y el Cine, artes nacidas casi a un mismo tiempo y que han desarrollado vidas paralelas entremezcladas en no pocas ocasiones, vivieron uno de sus más recordados momentos de romance con ocasión de la película Anatomía de un asesinato, intenso drama judicial dirigido por Otto Preminger. La composición de su banda sonora le fue encargada al mismísimo Duke Ellington, en una de esas muy poco frecuentes ocasiones en las que el maestro y su mano derecha, Billy Strayhorn, pusieron su inmenso talento al servicio de un proyecto ajeno, y de hecho fue la primera de las bandas sonoras compuesta por esta dupla prodigiosa.
Anatomía de un asesinato se estrenó en 1959, casi dos años después de otro emblemático ejemplo de banda sonora jazzística, Ascensor para el cadalso de Louis Malle, con score de Miles Davis. En esta ocasión, Ellington llegó a grabar dos versiones diferentes, utilizando material de ambas en la edición y corte finales, que presentan ciertas discrepancias con la partitura original producto del proceso.
Lejos de constituir un mero soporte expresivo a la trama narrativa, la música de Ellington y Strayhorn juega con atrevidos contrastes y adquiere un cierto tono impredecible muy en línea con el carácter y misterio que envuelve la figura del protagonista de la trama, interpretado por James Stewart. Las tensiones y amplísima gama de la paleta sonora de Duke, cualidades eminentemente cinematográficas, otorgan a la música un papel relevante en conjunción a lo que sucede en la pantalla.
El propio Duke Ellington realiza un cameo en la película, apareciendo al frente de su banda en una jam en la que el mismo Stewart aparece tocando el piano. Y por supuesto hay sólidas intervenciones de algunos de los mejores solistas de la orquesta, como Johnny Hodges, Clark Terry o Harry Carney, que aportan todo el combustible de su originalidad y talento.
Anatomía de un asesinato fue una de las películas con más nominaciones en la ceremonia de los Óscar, y solamente cedió en la carrera hacia el mejor film ante la superproducción Ben-Hur. Todavía mejor le fue a Ellington en los Grammy, donde consiguió tres estatuillas, entre ellas la de Mejor banda sonora, certificando así el éxito de una partitura memorable y singular que sigue a día de hoy sin perder un ápice de su fuerza.