
A la hora de hablar del jazz de la Costa Oeste, lo primero que suele venir a la cabeza es la imagen de impecables chicos blancos californianos haciendo una música caracterizada por el sonido cool o relajado y una considerable dosis de sofisticación. California y su noviazgo con el sol, la playa, las palmeras y el glamour de la estrellas de Hollywood. Y a menudo se ha puesto en contraste ese jazz de tupé y chicas rubias de cintura vertiginosa con la consistencia del jazz del Este, racial, sudorosa y definitivamente mucho más negroide. Esa es la imagen que la historiografía del jazz ha perpetuado del conocido como West Coast Jazz, pero como todos los retratos, el original se parece pero no tanto.
En realidad, el jazz californiano suena diferente como cualquier otro jazz geográficamente localizado. Como suena diferente el de Nueva Orleans, el de Chicago, el de Nueva York o el de Detroit. El jazz es una música acostumbrada a interactuar con su entorno, a impregnarse de la vida que le rodea; de esta manera sus perfiles, ya de por sí no siempre claros o estrictos, se amoldan a una determinada manera de vivir, de conducirse en las cosas. Pero eso no implica necesariamente que todo el jazz hecho en las tierras del Golden State lleve el jersey de punto atado al cuello, ni que eso le convierta en mejor o peor que otros más política y racialmente correctos.
De hecho, California fue uno de los primeros estados en recibir y a coger a pioneros del primer jazz de Nueva Orleans cuando, allá a principios del siglo pasado, comenzó la migración hacia el norte y sus industrias. Tipos como Jelly Roll Morton, Kid Ory o Freddie Keppard se instalarón allí y realizaron algunas de sus primeras grabaciones en tierras californianas. La escena del blues era también particularmente activa, con gente como el tejano T-Bone Walker poniéndole cara a ese característico swing tan emblemático de los estilos del oeste.
Allá por los años 40 California poseía una razonable infraestructura jazzística, con clubs y circuitos de conciertos consolidados desde la época de las territory bands, emisoras de radio y una buena cantera de músicos, muchos de ellos pertenecientes a la primera gran generación de jazzmen curtidos por igual en los secretos del jazz y de la música clásica y contemporánea. La mayoría eran blancos, pero también los había afroamericanos, o mestizos latinos y nativoamericanos. La demanda de trabajadores de la industria bélica californiana durante la segunda Guerra Mundial atrajo además a un gran número de gentes hacia el Oeste, y a mayores estaba el poderoso efecto llamada del cine, que proporcionaba trabajo a muchos músicos que encontraban así una forma de ganarse la vida con cierta seguridad y poder dedicarse al jazz fuera de sus jornadas laborales.
De la mano de éstas y otras circunstancias, muchos músicos de jazz negros se establecieron en el Golden State u optaron por pasar en él largas temporadas. La bulliciosa Central Avenue de Los Ángeles se convirtió en todo un foco de actividad jazzística, del mismo modo que la calle 52 neoyorquina lo fue en el este. Allí radicaban clubs como el Downbeat, el Plantation, el Savoy, el Memo, el Lovejoy’s o el Bird In The Basket, por citar algunos. Muchos grandes del jazz de todo el país pasaron por allí, dándole a la zona un empaque que nada tenía que envidiar a las grandes ciudades del este.
A finales de 1945, la llegada del quinteto de Charlie Parker y Dizzy Gillespie al Billy Berg’s de Hollywood causó una verdadera sensación entre la comunidad jazzística californiana. Era el primer contacto directo con los rebeldes del bebop, y el nuevo estilo se extendió rápidamente por el área como vino vertido sobre un mantel. Entre pitos y flautas Bird terminó quedándose en California durante un tiempo, tocando con jóvenes talentos locales como Chet Baker y disfrutando de la veneración de sus muchos admiradores y los placeres de la vida local. Y paradójicamente para alguien que es la verdadera encarnación del jazz del otro lado del país, del fogoso e intenso bebop, alguna de sus más memorables grabaciones se registraron en Los Ángeles, como ese inmortal Lover Man que nadie debería olvidar antes de decidir prenderle fuego a su habitación.
El sello Dial, creado en 1946 por el aficionado local Ross Russell, se encargó de realizar los testimonios discográficos de Parker y otros muchos boppers residentes en California, una labor similar a la que otras compañías como Pacific Jazz harían no mucho después con los westcoasters cincuenteros, blancos y negros.
Guía de escucha, 1945-50
(Haz click sobre la carátula del disco para acceder a la escucha)
Slim’s Jam (Slim Gaillard)
Dodo’s Lament (Dodo Marmarosa)
Cruisin’ With Cab (Gerald Wilson & His Orchestra)
Lester’s Be Bop Boogie (Lester Young)
Up In Dodo’s Room (Howard McGhee & his Band)
This Subdues My Passion (Baron Mingus & His Octet)
Easy Swing (Wardell Gray)
It’s The Talk Of The Town (Dexter Gordon)
Blues In Teddy’s Flat (Teddy Edwards)
It’s April (Buddy Colette)
Blues For Boppers (Sonny Criss)
King’s Spinner (Russell Jacquet & His All Stars)
IMAGEN: (Shades of L.A. Collection/Los Angeles Public Library Collection)