
El primero de agosto de 1942, la revista Down Beat mostraba un titular verdaderamente explosivo: “Hoy se interrumpen todas las grabaciones”. No fueron los únicos: el propio New York Times lo exhibió en su portada, y de inmediato quedó claro que la no disimulada disputa entre la industria musical y la Federación Americana de Músicos había llegado a su punto álgido, con destacado protagonismo de un notable actor invitado: James Petrillo.
Originario de Chicago y modesto trompetista en sus inicios, James Petrillo reorientó su actividad hacia el sindicalismo, y allá por 1922 ya lideraba al Sindicato de Músicos de su ciudad, cargo en el que permanecería la friolera de 36 años. Líder férreo como pocos, Petrillo no tardó en convertirse en el verdadero azote de los intereses de la patronal que agrupaba a las grandes compañías discográficas -las major– del momento, a las que acusaba de engordar sus bolsillos a costa de los de los músicos a la hora del reparto de derechos por grabaciones; en su opinión, las discográficas que quedaban -o más bien, para él “robaban”- más del 60 % del total del negocio generado por la industria en este campo.
Petrillo comenzó la batalla contra las majors impulsando un cierre breve de los estudios en Chicago, pero cuando accedió a la cúplua de la AFM –la citada ferderación Americana de Músicos- su objetivo, aupado en un poder que ya se extendía al conjunto del país, se hizo más ambicioso aún: demandó a las discográficas, exigiéndoles que pagaran a los músicos por los derechos devengados por las retransmisiones radiofónicas de conciertos. La gran batalla había comenzado.
Columbia, Decca y Victor eran por entonces las líderes del tinglado en la industria musical, y duros rivales que confrontar, pero a Petrillo y la AFM no les faltaba decisión, y la huelga general de grabaciones acabó convirtiéndose en realidad a partir del 31 de julio: nadie podría entrar a grabar a un estudio hasta que no se alcanzara un acuerdo justo entre las partes. De la prohibición se excluían conciertos en clubs o teatros.
La estrategia de Petrillo estaba muy clara: había que resistir lo que hiciera falta, sin prisas y sin dar un paso atrás. El asunto se complicó a tal nivel que inculso el propio presidente Roosevelt trató de apaciguar los ánimos y ejercer de mediador, pero ni siquiera eso fue suficiente para apaciguar al fogoso lider sindical: nadie podría grabar ni una sóla canción de nueva autoría a parir de ese momento hasta que se arreglara el asunto de los derechos.
Puestas así las cosas, la patronal reaccionó impulsando las reediciones y tirando de material previo a la prohibición, no afectado por el conflicto. Y a su vez, intentó utilizar cualquier tipo de argucia, como cuando se rumoreó que Frank Sinatra pensaba grabar con la sola compañía de un coro de voces, interpretando que a los cantantes solo se les prohibía grabar con orquestas o grupos de estudio. Finalmente decidió no llevar el proyecto a cabo, pero otros sí, como Bing Crosby, que propuso grabar con un grupo a capella, los Ken Darby Singers, y obtuvo el permiso de Petrillo para hacerlo. Eso impulsó a otros a imitarle, y todo un río de grabaciones vocales con ese formato comenzaron a inundar el mercado.
Petrillo vio de inmediato que había cometido un error, y volvió a endurecer su postura, forzando de nuevo el cierre absoluto. Viendo que el asunto parecía muy lejos de tener un final por la inflexible postura de la AFM, algunos sellos comenzaron a buscar un acuerdo: Decca fue el primero: en septiembre de 1943, algo más de un año después del inicio del conflicto, firmó un trato con la Federación; tras él siguieron un carrusel de acuerdos con otras discográficas de menor tamaño, como Blue Note, Keynote, Dial, Savoy o Capitol, que poseían en sus rosters a muchos de los mejores músicos de jazz del momento. Columbia y Victor aún mantuvieron una resistencia numantina durante algun tiempo, aupados en su inmenso e imbatible catálogo de artistas, pero finalmente, el 11 de noviembre de 1944, dieron su brazo a torcer y firmaron a su vez el acuerdo.
Al final, las consecuencias de todo el jaleo casi acabaron limitándose a la pérdida histórica de muchos testimonios relevantes en su momento histórico de gestación, como sucedió en el jazz con los incios del bebop, coincidentes con la prohibición. Las cifras de venta de discos volvieron a subir como la espuma, y lo que en su día no se pudo grabar, independientemente de ese contexto histórico, se grabaría ahora. En resumidas cuentas, más allá de una fogosa pelea de gallos, lo que supuso este episodio fue un encontronazo entre dos mundos, uno viejo y otro nuevo: la música concebida como un evento en vivo y ante la gente y su dimensión grabada, un conflicto, por tanto, de raíz tecnológica, algo que aún a día de hoy, con el tinglado del streaming y otros inventos similares, vuelve a estar de rabiosa actualidad.