
La historia de Prestige se remonta al año 1949, cuando un aún muy joven Bob Weinstock, un neoyorquino pirao por el jazz y habitual de las sesiones del Royal Roost, decidió fundar un sello discográfico llamado New Jazz. Muy de acuerdo a esta denominación, su primera sesión la protagonizaría uno de los grupos a la vanguardia del momento: el quinteto de Lennie Tristano, que para la ocasión registró un puñado de inolvidables clásicos, como el Sub-Conscius Lee de Lee Konitz.
La buena recepción del establishment del jazz hacia la nueva compañía (recogida, por ejemplo, en crónicas muy favorables de publicaciones como Metronome o Down Beat) ayudaron a Weinstock a afianzar la ruta de su proyecto, que empezaría a crecer hasta convertirse, junto a Blue Note, en la discográfica de referencia en el jazz de los años 50. Eso permitió a su mentor crear un segundo sello subsidiario, al mismo tiempo que, a nivel estadístico, los saxofonistas iban ocupando la cabecera de muchas de las nuevas ediciones de la ya finalmente rebautizada como Prestige Records.
En 1952 Prestige consiguió su primer gran éxito comercial con una versión del cantante King Pleasure de Moody’s Mood For Love. Por entonces, Weinstock había consolidado una manera de trabajar muy característica: una abundante cantidad de sesiones (hasta 75 al año), a menudo con carácter espontáneo y muy justita preparación, al estilo de las blowin’ sessions tan habituales en la época, con repertorio de rhythm changes, blues y una amplia selección de standards.
Pero Weinstock no tenía solo buen ojo para los negocios: disponía de un fino oído para detectar nuevos valores en la escena. Produjo sesiones muy interesantes de gente como JJ Johnson, Thelonious Monk o Wardell Gray, y en 1956 apadrinó el muy recordado encuentro de John Coltrane y Sonny Rollins en Tenor Madness.
Pero sin duda, uno de los capítulos más extraordinarios del legado de Prestige fueron las grabaciones de Miles Davis para el sello, realizadas entre 1951 y 56, y que produjeron obras maestras como Walkin’ o Bag’s Groove. Precisamente fue Miles el que protagonizó uno de los episodios más recordados de la historia de la compañía: en 1956, tras aceptar un suculento contrato con Columbia, el trompetista se vio obligado a grabar el material que aún debía a Weinstock en tan solo unos pocos días, algo de por sí ya notable pero que lo es aún más por la calidad del resultado, recogido en cuatro memorables LP’s: Cookin’, Relaxin’, Workin’ y Steamin’
No pocos músicos con contrato grabaron una parte muy significativa de su legado para Prestige: Sonny Rollins, por ejemplo, alcanzó cotas extraordinarios con otro de los grandes clásicos del sello: Saxophone Colossus, también de 1956.
Más o menos hacia este momento, Weinstock comenzó a centrarse más en los aspectos estrictamente empresariales de la compañía, dejando las tareas de producción a otras personas, entre ellos el crítico Ira Gitler. La dirección artística de Prestige fue entonces decantándose cada vez más hacia el territorio del emergente soul-jazz del momento, dando cancha creciente a representantes de este estilo como los organistas Jack McDuff y Shirley Scott o los saxofonistas Houston Person y Charles Earland.
Ya en la década de los 60, Prestige hubo de afrontar, como todo el jazz en su conjunto, momentos de gran dificultad ante el auge imparable de géneros como el rock o el soul. Weinstock intentó ampliar un poco el panorama abriendo el sello a músicas como el folk, y creó nuevos sellos subsidiarios por regla general de corta vida, como Moodsville o Bluesville; en 1971, convencido de que no había manera de mantener el barco a flote, vendió la discográfica a Fantasy y se jubiló en tierras de Florida. Prestige mantuvo durante años un perfil muy bajo, pero en los 80 vivió un resurgimiento gracias a la aparición del CD y el mercado de las reediciones, recuperando una parte importante de su catálogo a través de la etiqueta Original Jazz Classics. Weinstock llegó incluso a reasumir tareas directivas en Fantasy, hasta que finalmente una diabetes se lo llevó para siempre en enero de 2006, dejando tras sí un capítulo formidable en la historia del legado grabado del jazz.