
Charles Delaunay fue uno de los personajes más emblemáticos de la primera gran época del jazz en el continente europeo. Su nombre está vinculado a la creación del Hot Club de Francia y a la revista Jazz Hot, también como en el caso anterior junto a otro de los referentes del momento, el ínclito Hugues Panassié. Además, Delaunay desarrolló muchas más actividades conectadas con su pasión por el jazz, desde la promoción de conciertos a iniciativas discográficas como el sello Disques Swing -uno de los primeros de la historia en dedicarse en exclusiva al jazz, y que acumuló en su catálogo un buen número de excelentes testimonios, a día de hoy verdaderos tesoros del jazz- o Disques Vogue, donde pudo dar rienda suelta a su decidido apoyo a los nuevos rumbos del bebop en contra de las opiniones de su amigo y también rival Panassié.
Todo esto es desde luego bien sabido, pero no se ha hablado tanto de otro perfil menos conocido de este fascinante personaje, en todos los sentidos de la palabra: su militancia antinazi en la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Delaunay se las apañó para mantener su intensa actividad jazzística durante los oprobiosos tiempos de la ocupación, llevando a cabo al mismo tiempo labores de inteligencia clandestinas contra los invasores alemanes, que -como también es de sobra conocido- debían seguir las consignas de los líderes nazis de perseguir al jazz como música decadente y de negros, y por lo tanto algo a erradicar.
Claro que, a pesar de estas consignas, no todos alemanes compartían ese rechazo al jazz de Hitler y sus secuaces. De hecho, el jazz era una música popular en los años de la preguerra en el país centroeuropeo y contaba con una buena legión de seguidores y aficionados, como bien describe el film Rebeldes del Swing, de Thomas Carter (Swing Kids, 1993). La mayoría tuvieron que alimentar su pasión al modo de los amantes clandestinos: en la más oscura intimidad, bajo riesgo permanente de ser descubiertos. Y si encima llevaban uniforme, no te digo ya.
Nat Hentoff recogió en su día una de las historias más curiosas en torno a Delaunay y su doble faceta de divulgador del jazz (pública) y agente de la resistencia (oculta). El caso es que la Gestapo, que andaba siempre ojo avizor a la búsqueda de rebeldes en la oscuridad, sospechó de él y decidió echarle el guante para interrogarle. Llegado el momento, Delaunay fue conducido a una sala donde un oficial de las SS se le quedó mirando fijamente durante un buen rato, hasta que rompió su silencio en estos términos: “Delaunay, ¿eh? En la discografía que publicaste de Fletcher Henderson tienes un error en una sesión: el personal no es el correcto”. Me imagino la cara que se le quedó a nuestro héroe al oír estas palabras, y sobre todo cuando, no mucho después, fue puesto en libertad sin cargo alguno.
Obviamente, Delaunay tuvo mucha suerte ese día: podía haber acabado en una celda o, aún peor, fusilado, pero hete aquí que ese amor por el jazz compartido con uno de sus verdugos le salvó con certeza de males muy mayores. Durante unos instantes, esa afición común puso a dos personas que representaban a bandos enfrentados a muerte en un trance de hermandad casi familiar. Un ejemplo conmovedor de cómo el jazz -y el arte y la cultura en general- tiene ese enorme poder de trascender odios y diferencias irreconciliables entre los seres humanos. Supongo que Delaunay no tardaría, una vez recuperada su preciosa libertad, en revisar los datos de esa sesión de Henderson, y su anónimo oficial de las SS, si acaso hubiera logrado sobrevivir a la horrorosa experiencia de la guerra, podría dedicarse, ya en paz, al disfrute de la música que amaba sin tener que recurrir, como el francés, al inquietante y peligroso mundo de las pasiones clandestinas.