Hasta siempre, Benny Golson

Jamás nos acostumbraremos a este lento pero inexorable proceso de pérdida de grandes músicos a los que el jazz, música como es más que centenaria, se ve sometido en tiempos recientes. Es una inquietante sensación de orfandad, una tristeza que llama a la puerta con macabra regularidad para convertir en memoria lo que hasta hace muy poco era realidad de carne y hueso, pura vida. El último de esta lista ha sido también uno de los más longevos: Benny Golson, saxofonista, arreglista y compositor que ha escrito páginas memorables de la historia de esta música.

A los 95 años, Golson había recorrido ya buena parte del camino que un músico, y un ser humano en general, podría ambicionar. Desde su debut en grupos de rhythm’n’blues allá a principios de los 50 hasta sus últimos testimonios en vivo todavía recientes, Golson desarrolló una carrera de más de seis décadas hasta convertirse en un genuino superviviente, el penúltimo mohicano de un tiempo y un jazz en los que casi no quedaba nadie a su alrededor. Y lo hizo con la convicción y elegancia que siempre le caracterizaron, con eso que se llama estilo.

Inspirado en sus inicios por otro grande de la escritura musical como Tadd Dameron, Golson alcanzó la cima de su popularidad en los 50, exprimiendo su talento para componer pequeñas e inolvidables maravillas como Stablemates, I Remember Clifford o Whisper Not, por citar tres bien conocidas, que se convirtieron en algo más que standards: en verdaderos himnos del jazz de su tiempo dotados del elixir de la vida eterna. Su experiencia junto a Dizzy Gillespie o Art Blakey, o aquel breve pero hermoso capítulo del Jazztet junto a Art Farmer le consagraron como un grande, sin titubeos ni falsas alharacas.

Golson navegó como muchos otros sorteando el oleaje en los hostiles tiempos en los que el jazz perdió la batalla del público ante la avalancha del rock; ahí le vino requetebién su experiencia como arreglista y compositor para ganarse las cada día más difíciles habichuelas, pero cuando regresó a la primera línea lo hizo para quedarse y encarar una madurez ejemplar y llena de muy buenos momentos, como testimonian sus grabaciones y actuaciones en directo. Hasta puso en marcha varios intentos de recuperar el viejo Jazztet, enarbolando con orgullo la bandera del hard bop.

Su saxofonismo, a menudo puesto a un lado en comparación con sus dotes para la escritura, también merece ser tenido en cuenta: Golson poseía un sonido muy característico, que podía resultar susurrante y hasta misterioso en los tempos más relajados, pero potente y agresivo a la hora de acelerar el paso. En sus últimos años fue alcanzando la madurez dulce y algo áspera de la uva madura, e incluso próximo ya a su despedida de este mundo, como en ese casi póstumo tour europeo de 2019, seguía manteniendo, pese a la inevitable merma física, el matiz inconfundible de su sonido.

Benny Golson ya no está con nosotros. El penúltimo de la foto (al último no lo voy ni a mencionar, porque creo que con esto de la edad estoy empezando a sentirme algo supersticioso), el tío elegante, amable y sencillo que cautivaba a todos y nos hacía felices con su música y sus recuerdos, con su magia. Le recordaremos siempre, como a Clifford, o a Betty o a aquel malote de misteriosos andares al que las crónicas conocían como Killer Joe. Hasta siempre y gracias, Benny Golson.

Dial Jazz, septiembre de 2024.

Imagen: Jazzwise

Publicado por elcallejondeljazz

(Gijón, 1962) Comencé a interesarme por el jazz a los 13 años. En 1981 me uní a la Asociación de Amigos del Jazz de Valladolid, colaborando en las tareas organizativas del Festival internacional de Jazz y otras actividades como emisiones radiofónicas, charlas de divulgación, publicaciones... A finales de los 80 me incorporé al plantel de colaboradores de El Norte de Castilla como cronista de jazz, publicando regularmente artículos, reseñas y crónicas en el suplemento Artes y Letras, dirigido por Francisco Barrasa. En el otoño de 1990 entré a formar parte del equipo -primero como colaborador y más tarde como redactor- de la revista Cuadernos de Jazz, dirigida por Raúl Mao. A finales de los 90 escribí también para El Mundo -Diario de Valladolid y el bimensual Más Jazz, dirigido por Javier de Cambra. ​En febrero de 1991 me convertí en programador de conciertos del Café España de Valladolid, tarea que desempeñé hasta su cierre en 2009, participando en la realización de más de un millar de conciertos durante el período. ​En 1994 me incorporé al jurado del Concurso de grupos del Festival Internacional de Jazz de Getxo, tarea que he venido desarrollando hasta la fecha. He participado también en la organización de varios ciclos y eventos jazzísticos, como los festivales de Burgos, Palencia, Ezcaray, FACYL de Salamanca, el festival Ahora de músicas creativas de Palencia, el ciclo Son del Mundo de Caja de Burgos o la Red Café Música de Castilla y León. ​Entre 1996 y 99 trabajé como road manager para la agencia Jazz Productions de Barcelona, participando en giras con, entre otros artistas, Johnny Griffin, Kenny Barron, Abbey Lincoln, Phil Woods, Mulgrew Miller, Steve Lacy, Diane Reeves o Jesse Davis. ​Desde 2010 coordino la programación cultural del Café del Teatro Zorrilla de Valladolid, tarea que compaginé durante cinco años con la presentación del ciclo de conciertos Ondas de Jazz de Vitoria, dirigido por Joseba Cabezas. Soy cofundador de la asociación Cifujazz, destinada al mantenimiento del legado de Juan Claudio Cifuentes. Realizo también el podcast radiofónico Dial Jazz.

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