
Guste o no, Internet ha supuesto una revolución o, cuando menos, un cambio en nuestros hábitos y costumbres cotidianos. Ya no es infrecuente pasar un buen rato al día frente al ordenador realizando tareas como consultar la prensa digital o el correo, chatear con amigos o escuchar música. En el campo del jazz, la existencia de la red ha traído de la mano algunas modificaciones significativas, tanto para el aficionado como para el músico, y al tiempo ha abierto un campo de posibilidades hasta ahora inexistentes o poco desarrolladas, así como no pocos interrogantes…
Todavía recuerdo como no muy lejanos los tiempos en los que para conseguir tal o cual disco había que aprovechar los viajes de algún amigo o conocido al extranjero, dada la escasez del mercado nacional o de los stocks de importación. Hoy día, sin embargo, basta con apretar un simple botón para que una casi infinita oferta discográfica se ofrezca a nuestra elección, por obra y gracia del llamado streaming y otros inventos semejantes. Sellos discográficos de todo tipo y condición o incluso artistas y grupos a título individual ofrecen su música a los internautas, de manera que a menudo tenemos la sensación de que resulta materialmente imposible escuchar todo lo que hay ahí fuera, y mucho menos comprarlo… Y esa es sólo una parte de las consecuencias del nuevo sistema de comunicación: la inmediatez de Internet proporciona a los músicos y aficionados una herramienta de interrelación de alcance, en especial en este mundo pequeñito que es el jazz. La información fluye como el rayo, de modo que si alguien nos comenta, por ejemplo, que ha escuchado a un chaval de 17 años de Detroit o Pescara que toca la trompeta como los ángeles, en pocos segundos no es muy difícil encontrar información suya en la red, así como alguna foto, música y si -como es cada vez más común- tiene página web o se mueve en las redes sociales, contactar personalmente con él en un periquete. Todo esto llevaría semanas e incluso meses hace apenas unos años, y es de prever que en el futuro las cosas sean más rápidas todavía.
A la hora de hablar de la difusión, Internet ha proporcionado a muchos aficionados herramientas abundantes, fáciles de utilizar y de bajo coste, para su uso generalizado. Blogs y podcasts proliferan como auténticas setas en otoño, ofreciendo una salida al desmoronamiento de los medios de prensa escrita o al desinterés de la radio y televisión generalistas, y permitiendo a sus creadores disfrutar de un alcance teóricamente ilimitado de seguidores. Por supuesto que en ese verdadero bosque de propuestas uno puede encontrarse de todo, y el tiempo va decantando las más interesantes frente a otras que no lo parecen tanto. La red supone además, especialmente en el apartado de la escritura, un esfuerzo de concisión reñido a veces con la profundidad y rigor necesarios para decir las cosas, y decirlas bien. A ello se suma, en un mundo caracterizado por ofrecer rendimiento económico a casi todos menos a los usuarios, el que Internet apenas permite a divulgadores profesionales poder llevarse algo al bolsillo como recompensa a su trabajo. Hay mucho voluntarismo en la red, y escaso o nulo retorno para quienes pretenden vivir de esto.
Para el músico, la existencia de semejante invento ha venido en buena medida a modificar sus canales de comunicación con el público, al mismo tiempo que le ofrece posibilidades para mostrar su trabajo de manera más eficaz. Hace años recuerdo haber defendido en varios cursos de gestión cultural que las agrupaciones artísticas que no tienen la suerte o el privilegio de tener a su servicio grandes recursos de mercadotecnia o el apoyo de poderosas agencias de contratación harían bien, en la medida de sus posibilidades, en tener un contacto directo con su público, algo que la red permite llevar a cabo con mucha más facilidad que antes. Hoy día, cuando incluso el presidente de Estados Unidos no puede pensar en ser elegido sin un inteligente uso de la red y los candidatos pasan un buen rato tratando de tú a tú con sus electores frente al portátil, poca duda cabe de este asunto. Teniendo en cuenta lo modesto en cuanto a recursos que es el mundo del jazz, poder disponer de un canal de comunicación extremadamente rápido, barato y simple (hasta nuestros abuelos saben enviar ya e-mails y chatear en la red), es una verdadera bendición.
Pero eso no significa, ni mucho menos, que Internet se haya convertido en un paraíso perfecto para salir de la difícil precariedad de muchos músicos profesionales. Internet no regala bolos, ni tener doscientos perfiles o una particular destreza para moverse en este mundo un poco de locos garantiza nada, salvo la visibilidad y el estar ahí. Eso sí, permite disponer de una buena herramienta (y barata) de difusión de actividad (cuando la hay, claro). En cuanto al rendimiento económico del famoso streaming, baste decir que por regla general uno necesitaría literalmente cientos de millones de escuchas para poder pensar en llevarse un pellizco mínimamente interesante en este capítulo…
No obstante, parece bastante evidente que una completa base de formación del músico a día de hoy debe incluir no sólo -obviamente- conocimientos de técnica musical, sino también un dominio cuando menos elemental de las posibilidades de promoción que Internet ofrece a quien sabe cómo usarlo. Los músicos de jazz pueden por tanto utilizar la red para darse a conocer en mejores condiciones, especialmente los que -como la mayoría- no son grandes estrellas del firmamento musical a los que basta con desperezarse por las mañanas para haber vendido miles de discos u obtener suculentos contratos por doquier.
En suma, parece evidente que Internet no supone en absoluto la panacea universal, ni va a constituir la solución mágica a los muchos problemas del jazz, de su difusión y ejercicio profesionales. Pero lo cierto es que en este mundo acelerado en que todo va rápido como el rayo, disponer de una buena información y saber cómo usarla es esencial para currarse el futuro. A fin de cuentas, la propia y extraordinaria expansión del jazz por todo el planeta a lo largo del siglo XX no es sino, a su manera, un ejemplo perfecto de cómo un mensaje concreto, directo y poderoso, llega a todas partes utilizando cualquier canal a su disposición: exactamente lo mismo que hoy Internet nos permite realizar en menos que canta un gallo.