La cuestión de los festivales (2ª parte)

Uno de los rasgos más llamativos y común a un número creciente de festivales de jazz en las dos últimas décadas es la irrupción en su programación de artistas y géneros musicales extra-jazzísticos, lo cual ha generado un intenso debate entre aficionados, programadores y, en general, el mundillo del sector. Las posturas están más o menos definidas: para muchos programadores se trata de ampliar público, extender el interés por el jazz a gente que habitualmente lo ignora o desconoce, ofreciéndoles un aliciente para captar su atención. A menudo se reprocha también a los seguidores del jazz una actitud “purista” que les lleva a rechazar todo aquello que no encaje en su concepto estricto e inmutable de “jazz-jazz”.

Por su parte, los aficionados fruncen el ceño al ver que cada día es más frecuente encontrar en los carteles de los festivales de jazz a grupos o artistas vinculados a géneros como el pop-rock, las músicas del mundo, el flamenco, etc. Parece como si avanzáramos a paso decidido hacia un “modelo Montreux”, es decir: una programación donde el jazz ha quedado reducido a una presencia casi meramente testimonial, de modo que el término “jazz” apenas cuenta para algo más que para añadir esa pátina de “prestigio” a lo que, en verdad, bien podría considerarse a día de hoy como un festival de “música”, sin más calificativos. Este mismo verano, sus programadores han vuelto a insistir en la intolerancia de los fans del jazz y en su incapacidad para reconocer los “cambios y transformaciones” que esta música ha experimentado en tiempos recientes. Claro que ¿qué pensaría por ejemplo un aficionado al flamenco si entre los cabezas de cartel del festival de las Minas se encontrasen Sting o Sidonie? Tal vez los límites del jazz, como música en incuestionable y constante evolución, no siempre aparecen claramente determinados (sobre todo cuando entra en contacto con “géneros hermanos” como el blues, el gospel, el funk-soul o el r&b clásico), pero de ahí a considerar a Iggy Pop o los Simple Minds como artistas de jazz, evidentemente hay todo un mundo… Y si alguien lo duda, que se lo pregunten a ellos, que seguro que su respuesta no será muy diferente a ésta: “Yo toco donde me llamen, da igual que sea un festival de jazz, de rock, o de habaneras”.

Desde mi punto de vista, el debate no es tanto una cuestión de purismo como de analizar la lógica interna en la que se mueven muchos festivales del presente, necesitados de mantener unos standards de asistencia de público e impacto social conseguidos tras años de pelea. Llenar espacios de miles de personas no es tarea fácil de asumir (ya se sabe: 600 personas en un aforo de 2000 es un fracaso, en uno de 600, un lleno exitoso), y para colmo, ya no están Miles, Ella, Corea o Dizzy para solucionarte el problema. Los presupuestos, a mayores, tienden casi siempre a menguar, con lo que no queda otra que buscarse la vida y tratar de encontrar patrocinadores privados que ayuden a cuadrar cuentas; eso implica, obviamente, garantizarles que su inversión, sea la que sea, devenga sus réditos y su marca aparezca vinculada a eventos con mucho público y buena presencia mediática. Una razón de peso para incorporar a artistas famosos, y si en el jazz no los hay o no los encontramos, pues vamos a por ellos por otro lado…

Los festivales con un porcentaje significativo de financiación pública, que no son pocos, cuentan además con una exigencia añadida: las prioridades políticas, que a menudo buscan una repercusión mediática y de público a las iniciativas culturales para las que “sueltan la pasta”. Cualquiera que haya trabajado en o conozca de cerca un festival o ciclo organizado por una concejalía, diputación, consejería u otra entidad pública, sabe muy bien que las cifras de asistencia de público a los eventos constituyen uno de los aspectos que mayor relevancia poseen a la hora de establecer un criterio de evaluación de la actividad. Y, de hecho, suele ser la primera pregunta o información aportada en los encuentros con la prensa posteriores a su celebración, con titulares clásicos parecidos a éste: “Más de 10.000 personas han pasado este año por los conciertos del festival…”

Otro argumento muy a la moda en tiempos recientes en las programaciones públicas es el de la necesidad de rejuvenecer el público del jazz, una música asociada con frecuencia a personas de edad, de viejos, vaya. Y es cierto que si echamos un vistazo a nuestro alrededor en muchos conciertos (en mi caso, me basta con empezar mirándome a mí mismo), la gran mayoría de los asistentes somos gente que ya tenemos nuestros añitos… Nos hemos devanao los sesos intentando encontrar explicaciones (el jazz aburre a los jóvenes, es un reducto de carcas intolerantes, que si las entradas son caras, etc) o maneras de intentar revertir la situación, a menudo y por desgracia con poco o nulo éxito. Y -sin entrar ahora en el tema de las campañas de difusión o el contenido de las materias educativas de los chavales- la inmediatez de los festivales parece llevarles a soluciones en apariencia más rápidas y eficaces: montar conciertos con artistas con gancho para la chavalería (cantantes o grupos de moda, en esencia) que sirvan de “cebo” para atraerles al cartel oficial del jazz. Problema solucionado. Claro que está por demostrar (no he podido encontrar al respecto ni un solo dato que lo avale en encuesta o estudio serio alguno hasta la fecha) si esta estrategia sirve realmente para interesar a los jóvenes por algo más que no sea asistir a un concierto de sus ídolos (a menudo gratuitamente), desentendiéndose de cualquier otra propuesta jazzística disponible, por golosa que sea. Tampoco es nada novedoso: ver gente joven en conciertos de ópera, teatros, salas de exposiciones u otras convocatorias culturales resulta también bastante inusual. Tal vez el problema esté en otro lado y no sabemos o podemos verlo, o tal vez los jóvenes, como han hecho casi siempre, buscan otro tipo de emociones y contextos para pasárselo bien… Algo habrá, porque lo que sí que es innegable es que a nivel de estudios musicales, los chavales sí se sienten atraídos por el jazz cuando contactan con él: crece cada día el número de ellos que aprenden y tocan jazz en centros especializados.

Ante todas estas circunstancias y alguna que otra más, el debate sobre purismo o los límites de lo que es o no es jazz (the fuckin’ question, como bien la llaman los músicos) parece más bien una cortina de humo que la realidad única del problema. Los aficionados al jazz, como los aficionados a cualquier otra cosa, tienen sus gustos y sus preferencias; el jazz cambia y evoluciona y su perfil es diverso y, por fortuna, en absoluto monocromo, lo cual no quiere decir que sus propuestas sean siempre estimulantes o estén libres de aburrirnos como ostras, pero, y a pesar de que a veces no se sepa valorar en su justa medida el desafío que supone montar un evento cultural de la dimensión de un festival de jazz y los condicionantes que ello acarrea, lo que resulta difícil de aceptar es que se intente vender churras por merinas, incluso para quienes (y un servidor se encuentra entre ellos) aceptamos de buen grado que en un contexto general y amplio de programación, un festival de jazz pueda incluir alguna sección del programa dedicada al diálogo o colaboración entre el jazz y otras músicas fronterizas, un terreno interesante y todavía no muy explorado. También resulta difícil de digerir que no pocos reproches a la afición del jazz vengan de gente con muy poco o nulo conocimiento de lo que es esta música, y que por las circunstancias que sea han acabado programando o decidiendo sobre programaciones jazzísticas sin tener mucha idea de lo que se cuece ahí fuera. Porque no es cierto -al menos para mí, y no soy el único que lo piensa- que el jazz de hoy no tenga propuestas atractivas, interesantes o creativas. Las hay, y para eso hay que conocer el terreno que se pisa y buscarlas.

Que tales propuestas sean capaces o no de responder a las crecientes exigencias del modelo de festivales es otra cuestión. Tal vez a todos nos venga bien un poco de reflexión al respecto: menos tormenta dialéctica y más pensar en por y para qué hacemos las cosas.

Publicado por elcallejondeljazz

(Gijón, 1962) Comencé a interesarme por el jazz a los 13 años. En 1981 me uní a la Asociación de Amigos del Jazz de Valladolid, colaborando en las tareas organizativas del Festival internacional de Jazz y otras actividades como emisiones radiofónicas, charlas de divulgación, publicaciones... A finales de los 80 me incorporé al plantel de colaboradores de El Norte de Castilla como cronista de jazz, publicando regularmente artículos, reseñas y crónicas en el suplemento Artes y Letras, dirigido por Francisco Barrasa. En el otoño de 1990 entré a formar parte del equipo -primero como colaborador y más tarde como redactor- de la revista Cuadernos de Jazz, dirigida por Raúl Mao. A finales de los 90 escribí también para El Mundo -Diario de Valladolid y el bimensual Más Jazz, dirigido por Javier de Cambra. ​En febrero de 1991 me convertí en programador de conciertos del Café España de Valladolid, tarea que desempeñé hasta su cierre en 2009, participando en la realización de más de un millar de conciertos durante el período. ​En 1994 me incorporé al jurado del Concurso de grupos del Festival Internacional de Jazz de Getxo, tarea que he venido desarrollando hasta la fecha. He participado también en la organización de varios ciclos y eventos jazzísticos, como los festivales de Burgos, Palencia, Ezcaray, FACYL de Salamanca, el festival Ahora de músicas creativas de Palencia, el ciclo Son del Mundo de Caja de Burgos o la Red Café Música de Castilla y León. ​Entre 1996 y 99 trabajé como road manager para la agencia Jazz Productions de Barcelona, participando en giras con, entre otros artistas, Johnny Griffin, Kenny Barron, Abbey Lincoln, Phil Woods, Mulgrew Miller, Steve Lacy, Diane Reeves o Jesse Davis. ​Desde 2010 coordino la programación cultural del Café del Teatro Zorrilla de Valladolid, tarea que compaginé durante cinco años con la presentación del ciclo de conciertos Ondas de Jazz de Vitoria, dirigido por Joseba Cabezas. Soy cofundador de la asociación Cifujazz, destinada al mantenimiento del legado de Juan Claudio Cifuentes. Realizo también el podcast radiofónico Dial Jazz.

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