
Para muchos de nosotros, la liturgia anual de armar el hatillo y tirarse a la carretera allá por el mes de julio para afrontar el circuito de festivales (en mi caso, los del Norte, y más concretamente la tripleta emblemática de Euskadi: Getxo, Gasteiz, Donosti) ha marcado algunos de los momentos más estimulantes de nuestras vidas. Y aunque los que leéis esto ya conocéis mi preferencia por el habitat jazzero natural de los clubs y su día a día pertinaz y noctámbulo, reconozco que ese periplo por las citas veraniegas, el reencuentro con viejos y buenos amigos, el ambiente y lío condensado en unas pocas jornadas de música ofrecida a borbotones y casi sin descanso, tiene su erótica.
Llevo yendo a festivales casi 40 años, y hay que reconocer que mucho ha cambiado el panorama durante todo este tiempo. Aunque los más señeros del calendario retrotraen su historia incluso a finales de la década de los 60, lo cierto es que fue la llegada de la democracia y los nuevos ayuntamientos y administraciones autonómicas uno de los factores que marcó el impulso de estas programaciones, hasta el punto de que, especialmente durante la década de los 80, casi no había en el piel de toro una población de importancia que no contara con su festival de jazz, o cuando menos algún ciclo o programación específica al respecto. Yo velé armas en el de Valladolid de la mano de la asociación de Amigos del Jazz, haciendo de improvisado Go-for (literalmente, “vete a por”) para lo que hiciera falta.
No pocos de estos festivales compartían un origen y formato -cada uno con sus particularidades, claro está- en cierto modo similares: un impulso por dar a conocer una música a menudo muy poco visible en las programaciones, dado frecuentemente por aficionados pasionales (a título particular o asociativo, como en el caso de Valladolid) y apoyado casi siempre en recursos económicos públicos, los únicos capaces de afrontar el alto volumen de gasto que requiere la organización de un evento de estas características: cachés, gastos de producción, publicidad y marketing, etc.
A la hora de programar, lo más habitual era acudir al criterio de esos aficionados deseosos de dar a conocer y poder traerse a sus héroes o, en otros casos, buscar la ayuda u oferta disponible de la mano de las agencias de contratación o management que comenzaron a trabajar al albor de nuevas y buenas perspectivas. Eran tiempos en que el jazz era capaz de atraer a un público que, si no tan masivo como otros géneros musicales más en boga, era suficiente como para de llenar o casi espacios tan poco “jazzísticos” como polideportivos, amén de teatros de medio aforo o Casas de Cultura (una de nuestras primeras convocatorias en Valladolid, con los Messengers de Art Blakey, congregó a casi… 3000 personas en el polideportivo Huerta del Rey).
Y por fortuna para los organizadores, la nómina de excelentes jazzmen disponibles por entonces (digamos entre 1970 y 90, aproximadamente), era abundante, de modo que los aficionados podíamos echarnos al oído a nombres emblemáticos como Miles, Mingus, Rollins, Ella, Sarah, el citado Blakey, Dexter, Getz, Corea, Gillespie y un largo etcétera de maestros que literalmente hace la boca agua.
Aunque las generalizaciones son siempre algo tramposas, para mí el inicio del cambio en los festivales de jazz, al menos en nuestro país, se produce a comienzos de los 90, primero sutilmente pero, con el paso de los años, de forma más apreciable. Para empezar, una verdadera cascada de infortunios nos privó dolorosamente de un puñado de esos artistas tradicionalmente considerados cabeza de cartel, que fallecieron en un corto espacio de tiempo: Miles, Blakey, Gillespie, Getz, Sassy… Gente con gran capacidad de convocatoria, y con relevo complicado en ese aspecto, sin contar con lo estrictamente musical… Por otro lado, tras la explosión de la década anterior, el soporte público a este tipo de programaciones comenzó a frenarse de una forma sino radical al menos progresiva, un factor al que comenzó a unirse un creciente cambio en los hábitos de ocio de los ciudadanos que resulta un tanto largo de explicar aquí.
Por supuesto, y aunque algunos acabaron por empezar a desaparecer en un goteo inquietante, los festivales tuvieron que ir poco a poco adaptándose a las cambiantes circunstancias, no siempre sin experimentar vaivenes, violentas sacudidas o incluso desapariciones temporales… Se inició así una nueva era con nuevos e importantes retos, de los cuales hablaremos en el siguiente capítulo.