
A lo largo de su historia, el jazz ha ido asomándose a distintos tipos de escenarios, no pocos de los cuales le estuvieron literalmente vetados durante mucho tiempo. Hoy podemos escucharlo en teatros, auditorios, salas de concierto y otros espacios glamurosos. Un fenómeno en consonancia con su creciente aprecio por la sociedad y las élites culturales en las últimas décadas, plasmado entre otras cosas en una presencia habitual en muchas programaciones.
Pero durante buena parte de su historia, el jazz creció y maduró en escenarios mucho más pequeños, íntimos y desde luego no tan elegantes: los clubs, los espacios donde se escribió y en buena medida aún se escribe el día a día de esta música: garitos de dudosa reputación en Nueva Orleans, speakeasies donde corría el alcohol en plenos tiempos de la Ley Seca, locales diminutos o sótanos sólo abiertos cuando se ponía el sol a los que los músicos acudían para interminables jam sessions… Lugares que han vivido mil y una historias no escritas, con nocturnidad y absoluta alevosía.
En los clubs de jazz no sólo se escucha música; su importancia real va más allá: son el espacio natural en el que aficionados y músicos convergen, los testigos ideales de una comunión perfecta de la que se alimenta la vida del jazz. Allí nos vemos, nos encontramos y somos felices escuchando la música que amamos. En las paredes de los más veteranos está retratada esa historia, el testimonio de un montón de noches donde pasaron tantas cosas, donde se vivieron momentos únicos e irrepetibles.
Sin clubs, la propia supervivencia del jazz entraría en cuestión. Y no me refiero desde luego a lo estrictamente económico: todos sabemos que, con muy contadas excepciones, en ellos el músico no gana precisamente mucho dinero. Y todos los que hemos trabajado en alguno durante el tiempo suficiente tenemos muy claro que como negocio son básicamente ruinosos y, como mucho, no puede aspirarse a poco más que a un frágil equilibrio entre ingresos y gastos. Pero no es esa la cuestión: lo relevante es que, gracias a ellos, puede seguir escribiéndose ese día a día del jazz que de otra manera quedaría diluido en una distancia fría y tristorra.
En un proceso que comenzó a acelerarse en la década de los 50, muchos veteranos clubs de jazz, algunos realmente señeros, tuvieron que cerrar sus puertas ante el empuje inclemente de modas, gustos cambiantes y un sinfín de normativas hostiles. Algunos se convirtieron en salas de strip-tease, otros en restaurantes y un montón, por desgracia, cerraron sus puertas para siempre o tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos programando otros tipos de música y arrinconando el jazz a una parte ínfima o secundaria de su programación.
Por fortuna, las últimas décadas han supuesto también un cierto resurgimiento del club como espacio natural del jazz: nuevos locales mejor acondicionados y con estrategias también novedosas a la hora de buscar una economía sostenible, tratan de hacerse con un público siempre difícil de captar y fidelizarlo en un mundo donde los hábitos de vida no van precisamente por el camino de la nocturnidad y el ocio de tintes bohemios. Algunas franquicias históricas abundan en un modelo de negocio que no le hace ascos a aparecer en paquetes turísticos y cualquier otro recurso que les permita hacer pasta. Y también, cómo no, están los que siguen ahí, imperturbables al paso del tiempo y remando contra corriente, después de años y años de pelea, impulsados a menudo por gentes de incombustible afición que tienen que hacer frente a todo tipo de adversidades. Cierran muchos, sí, pero significativamente siempre aparece alguno nuevo que abre sus puertas en mitad de la tormenta.
Os lo confieso: soy una rata de club, como lo eran Cifu, Cambra u otros queridos amigos que ya no están y con los que me encantaba coincidir junto a la barra y dejarnos inundar, cervecita o copa en mano, por el runrún extraordinario y característico del club de jazz, el de la música que amo y sus protagonistas: los músicos y los parroquianos que, una vez concluida la sesión, ponemos rumbo a casa atravesando calles casi vacías y con el eco, fresco y radiante, de la música aún rebotando en los oídos. Bien por los teatros y los auditorios, pero a mí buscarme en los clubs de jazz.