Chet en París

En el verano de 1955, Chet Baker comunicó a los miembros de su cuarteto que estaba planeando llevarse el grupo de gira por Europa el próximo otoño. Con la excepción de su líder, la banda estaba formada por californianos, bien por nacimiento o por residencia, y a pesar de poder disfrutar de todo el éxito que tocar con Chet suponía por entonces, sentían a su vez que ya había sido bastante sacrificio para ellos haber dejado sus casas para irse a trabajar con él al otro lado del país, a la Costa Este, desde hacía ya un año. Estaban cansados de vivir en hoteles, y la perspectiva de tener que acomodarse ahora a nuevas circunstancias en otro continente no les seducía demasiado. A mayores, eran conscientes de que los objetivos de esta gira para Chet no eran estrictamente musicales: buscaba también estar junto a su novia francesa, Liliane Cukier, que había tenido que regresar a su país al caducar su visado en Estados Unidos.

Por todo ello y uno por uno, todos los componentes del grupo rehusaron viajar a Europa; el primero fue el batería, Bob Neel, al que Chet sustituyó por un joven bostoniano, Peter Littman, que no sólo acumulaba poca experiencia y escasa formación, sino que era adicto a la heroína. Su contratación facilitó aún más la decisión del resto de la banda, que decidió así poner fin a su relación musical con Baker: Carson Smith, el bajista, fue el siguiente en abandonar el barco, siendo reemplazado por un veterano del bebop, Bob Carter. El problema con Carter es que a la sazón estaba estudiando Composición y no quería viajar a Europa, así que a última hora Chet tiró de un graduado de Juilliard, Jimmy Bond. Russ Freeman, el pianista, dudó algo más, pero finalmente también decidió dejarlo, entendiendo que su puesto quedaba más que bien cubierto con Dick Twardzik, de Boston, una estrella en ciernes que ya acumulaba buenas dosis de experiencia junto a Serge Chaloff y Lionel Hampton. El propio Russ Freeman había supervisado sus primeras grabaciones como líder para el sello Pacific Jazz, y estaba seguro de que serían más que bien recibidas. El único problema era que Twardzik también se metía heroína, y aunque cuando Chet le contrató estaba limpio, al poco tiempo de juntarse con Littman, un viejo conocido, ya estaba otra vez enganchado.

Finalmente, Chet se embarcó en un vuelo de Trans World Airlines con destino a París el 5 de septiembre del 55, mientras su joven banda hacía lo propio en el navío Ile De France, en Nueva York, llegando a Francia una semana después; era la primera travesía intercontinental para todos ellos: Twardzik tenía 24 años, Bond 22 y Littman tan sólo 20. Chet, a pesar de sus 25 recién cumplidos, parecía también bastante más joven, gracias a su cara de niño. Era el inicio de lo que habría de constituir una gira particularmente dura para todos, y de hecho sería la última para tres de ellos.

Dado que la banda había llegado a Europa con retraso sobre las fechas inicialmente previstas, alguno de los bolos contratados habían sido cancelados. Ese es el motivo de que el grupo tuviera menos conciertos en septiembre que en octubre. Por fortuna, algunos de esos bolos fueron grabados por emisoras locales de radio o por aficionados, de modo que hoy día podemos disfrutar de aquella música que precedió inmediatamente al desencadenamiento de la tragedia sobre el grupo.

El 11 de octubre, el grupo regresó a París para la primera de la que debería haber sido una serie de grabaciones para el sello Blue Star, propiedad de Nicole Barclay, con quien Chet había firmado un contrato para grabar siete discos, que al final quedarían reducidos a tres.

Días más tarde, el 20 de octubre, Chet y su grupo se unieron al saxofonista Lars Gullin en una jam en el Club Tabou. Al día siguiente había programada una nueva sesión para Barclay en el estudio Pathé-Magellan, y Chet decidió a última hora incorporar a su compañero de escena y farra la noche anterior, Lars Gullin. La sesión estaba programada para las cuatro de la tarde; bien pasada la hora los músicos estaban bien dispuestos, pero Dick Twardzik no aparecía. No lo haría nunca, ya que cuando fueron a buscarle le encontraron muerto por sobredosis en su habitación del Hotel de la Madeleine.

Dos días después de la muerte de Twardzik, Chet contrató al pianista francés Raymond Fol, que le acompañó en un bolo en Londres en el que por mandato sindical no pudo tocar la trompeta sino solo cantar, y que abandonó apenas interpretados cuatro temas. A pesar de todas las circunstancias adversas, Baker continuaría sus sesiones de grabación y giras: el 24 de octubre estaba de vuelta en el estudio para cumplir con su contrato con Barclay.

En noviembre, Jimmy Bond decidió regresar a Estados Unidos; Peter Litman, por su parte, se quedó con Chet en Europa todavía un mes más. El trompetista se dedicó entonces a recorrer el continente como freelance, tocando en Francia, Italia, Islandia, Suecia, Dinamarca, Alemania y Bélgica.

A comienzos de abril de 1956, tras ocho meses de estancia en Europa y haber roto con su novia liliane Cukier, Chet Baker cogió el avión de regreso a casa, dejando tras sí un aroma de excelente música, drama y amores rotos, de jazz, que, a pesar de su crudeza, sería aún poco comparado con lo que el futuro, no muy lejano, habría de depararle. Pero eso será otra historia…

Publicado por elcallejondeljazz

(Gijón, 1962) Comencé a interesarme por el jazz a los 13 años. En 1981 me uní a la Asociación de Amigos del Jazz de Valladolid, colaborando en las tareas organizativas del Festival internacional de Jazz y otras actividades como emisiones radiofónicas, charlas de divulgación, publicaciones... A finales de los 80 me incorporé al plantel de colaboradores de El Norte de Castilla como cronista de jazz, publicando regularmente artículos, reseñas y crónicas en el suplemento Artes y Letras, dirigido por Francisco Barrasa. En el otoño de 1990 entré a formar parte del equipo -primero como colaborador y más tarde como redactor- de la revista Cuadernos de Jazz, dirigida por Raúl Mao. A finales de los 90 escribí también para El Mundo -Diario de Valladolid y el bimensual Más Jazz, dirigido por Javier de Cambra. ​En febrero de 1991 me convertí en programador de conciertos del Café España de Valladolid, tarea que desempeñé hasta su cierre en 2009, participando en la realización de más de un millar de conciertos durante el período. ​En 1994 me incorporé al jurado del Concurso de grupos del Festival Internacional de Jazz de Getxo, tarea que he venido desarrollando hasta la fecha. He participado también en la organización de varios ciclos y eventos jazzísticos, como los festivales de Burgos, Palencia, Ezcaray, FACYL de Salamanca, el festival Ahora de músicas creativas de Palencia, el ciclo Son del Mundo de Caja de Burgos o la Red Café Música de Castilla y León. ​Entre 1996 y 99 trabajé como road manager para la agencia Jazz Productions de Barcelona, participando en giras con, entre otros artistas, Johnny Griffin, Kenny Barron, Abbey Lincoln, Phil Woods, Mulgrew Miller, Steve Lacy, Diane Reeves o Jesse Davis. ​Desde 2010 coordino la programación cultural del Café del Teatro Zorrilla de Valladolid, tarea que compaginé durante cinco años con la presentación del ciclo de conciertos Ondas de Jazz de Vitoria, dirigido por Joseba Cabezas. Soy cofundador de la asociación Cifujazz, destinada al mantenimiento del legado de Juan Claudio Cifuentes. Realizo también el podcast radiofónico Dial Jazz.

Deja un comentario