
Aún no se han apagado los ecos de una de las efemérides jazzísticas recientes: el 60 aniversario de una de las obras maestras de Charles Mingus, y por ende de todo el jazz: el album de 1963 The Black Saint & The Sinner Lady.
Tenemos que remontarnos a finales de 1962, concretamente al contrato que Mingus cumplió al frente de su grupo en el Village Vanguard de Nueva York entre el 27 de noviembre y el 19 de diciembre. Aunque el club sólo acordó con él pagarle por un sexteto, Mingus insistió en presentar a diez músicos, aunque hubieran de ajustar el caché estipulado. Además del trío rítmico, con su inseparable Dannie Richmond y el recién fichado y talentoso pianista Jaki Byard, el grupo incluía a los saxofonistas Jerome Richardson, Charlie Mariano y Dick Hafer, los trompetas Snooky Young y Howard McGhee (sustituidos posteriormente por Rolf Ericson e Idrees Sulieman), Quentin Jackson al trombón y Don Butterfield a la tuba.
Una de las piezas que la banda interpretó durante aquellas noches en el Vanguard fue una composición de Mingus que incluía un solo escrito de piano que buscaba emular el sonido característico de la guitarra española y el recuerdo de los tiempos de la Inquisición y las oscuras e intrigantes pinturas de El Greco. Y ahí está precisamente el punto de arranque de lo que en unos meses sería The Black Saint & The Sinner Lady, proyecto que se encargaría de documentar el sello Impulse, con el que Mingus acababa de firmar uno de sus siempre problemáticos contratos discográficos.
Este curioso ramalazo folclorista que sirvió de inspiración a The Black Saint explica también probablemente que Mingus bautizara su banda con el curioso nombre de The Charles Mingus New Folk Band, y que en la portada del álbum apareciera una variante de su lema The New Wave Of Jazz Is On Impulse en la que la palabra jazz era sustituida por Folk.
Aunque en su versión grabada la obra la integran cuatro partes o movimientos diferenciados, el propio Mingus confirmó que en su planteamiento inicial se trataba de una única pieza en continuo, y que la fragmentación se produjo por meras cuestiones de mercadotecnia. Para llevar a cabo este proceso, hubo que tirar de alguno de los recursos ya bien conocido y utilizado por Mingus en grabaciones anteriores: el overdubbing o superposición de sonidos y la edición; en suma: meter tijera, recortar y pegar. Hay no obstante indicios, apuntados por el productor de la sesión Bob Thiele, de que el contrabajista podría muy bien haber tenido ya en mente la utilización de estas técnicas desde el mismo momento inicial del proyecto.
Sea como fuere, el resultado final fue una obra fascinante, y como bien señala Brian Priestley, al mismo tiempo la más y menos ellingtoniana de las suyas. En efecto, los ecos de Duke están presentes en abundantes momentos de la grabación, pero hay otros muchos que confirman que Mingus fue capaz de ir un paso más allá de su admirado maestro y aportar elementos de su propia y extraordinariamente creativa paleta sonora: polirritmias, materiales temáticos de aparente simplicidad, las variaciones características del tempo, la utilización exclusiva de escalas modales en los solos… A ello se le une la propia concepción de la pieza como un todo continuo, mientras que Ellington solía trabajar básicamente, a la hora de crear piezas largas, a partir de distintos episodios y fragmentos que luego reunía en una composición principal.
Como sucede con la mayor parte de obras maestras, el tiempo no ha hecho mella sobre la enorme fascinación que ejerce en el oyente la música contenida en The Black Saint & The Sinner Lady: sigue siendo un disco esencial y absolutamente atemporal que regala experiencias nuevas en cada escucha. El propio Mingus lo incluyó siempre en su top de discos propios favoritos, junto a Mingus Presents Mingus, con Eric Dolphy y Ted Curson. Y sin duda que pasarán los años y nuevas generaciones de aficionados al jazz no podrán evitar descubrir y engancharse a este formidable álbum, esencia misma del arte de un músico singular y maravilloso: el señor Charles Mingus.